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Pseudoefedrina (Ya viene El jardín japonés)


Páginas de Espuma (sello por demás egregio) está a punto de sacar al mercado El jardín japonés, mi primer libro de relatos. Aparecerá en abril en España y en poco tiempo en México, distribuido por Colofón.

A manera de aperitivo, para quien se quiera asomar, dejo este relato, originalmente publicado en la fraterna revista Cuaderno Salmón.



Pseudoefedrina



La primera en enfermar fue Miranda, la mayor. Nos contrariamos porque significaba no ir al cine el viernes, único día que mi suegro podía cuidar a las niñas. Pese a los estornudos Dina, mi mujer, insistió en que asistiéramos a la posada del kinder. “Es el último día de clases. Le cuidamos la gripa el fin de semana y el lunes nos vamos al mar”. Habíamos decidido pasar las vacaciones navideñas en la playa para no enfrentar otro año la polémica de con qué familia cenar, la suya o la mía.
En la posada había más padres que alumnos y más tostadas de cueritos y vasos de licor que caramelos y refrescos. “Muchos niños están enfermándose de gripa”, justificó la directora. “Pero como los papás tenían los boletos comprados, pues vinieron”. “Miranda también está enfermándose”, confesamos. “Por eso traemos tan envuelta a la bebé”. Marta, de apenas siete meses, asomaba parte de la nariz y un cachete por el enredijo de mantas de lana.
Descubrí al formarme en la fila de la comida que algunas madres conservaban las tetas y nalgas en buen estado. Y descubrí que un padre había notado, a su vez, que las de mi esposa tampoco estaban mal. Platicaba con ella aprovechando mi lejanía. Los dos sonreían. El sujeto era bajito, gestos afeminados y ricitos negros. Entablé conversación con la madre de Ronaldo, mujer de unos treinta años y gesto de contenida amargura que mi esposa solía calificar de “cara de mal cogida”. Claudia se llamaba, una de esas flacas engañosas que debajo de un cuello quebradizo y por sobre unas pantorrillas esmirriadas exhiben pechos y trasero más voluminosos de lo esperado. Se había puesto una arracada en la nariz y pintado los pelos del copete de color lila desde nuestro último encuentro. Como no se le conocía novio o marido, las madres del kinder vigilaban sus movimientos y más de una miró con inquietud cómo le ofrecía fuego para su cigarro y cómo ella me reía todo el repertorio de chistes con que suelo acercarme a las mujeres.
Regresamos a casa de mal humor. Miranda comenzó a llorar: tenía 39 de fiebre. Llamamos por teléfono al pediatra, que recomendó administrarle un gotero de paracetamol y dejarla dormir. También avisó que aquel viernes era su último día hábil: se iría a pasar la navidad al mar. “Como nosotros”, le dije. “Bueno, pero si le sigue la fiebre a Miranda no deberían viajar”, deslizó antes de colgar. “Déjame un recado en el buzón si se pone mal y procuraré llamarlos”. No le referí a Dina el comentario porque no quería tentar su histeria.
Medicada e inapetente, Miranda pasó la noche en nuestra cama mirando la televisión. Marta, quien dormía en su propia habitación desde los tres meses, fue minuciosamente envuelta en cuatro cobijas. Bajé el calentador eléctrico de lo alto de un armario y lo conecté junto a su puerta. La presencia de Miranda en nuestra cama evitó que Dina y yo hiciéramos el amor o lo intentáramos siquiera. De cualquier modo, el menor estornudo de las niñas le espantaba el apetito venéreo a mi mujer. Me dormí pensando en la nariz de Claudia y sus mechones color lila.
Se suponía que dedicaríamos la mañana del sábado a comprar ropa de playa y pagar facturas para viajar sin preocupaciones, pero Miranda despertó con 39.2 a pesar del paracetamol. Maquinalmente llamé al número del pediatra. Respondió el buzón. “Hola, soy el doctor Pardo. Si tienes una urgencia comunícate al número del hospital. Si no, deja tu recado”. Dejé mi recado.
Acordamos que mi esposa cuidaría a las niñas y yo saldría a liquidar las facturas y comprar juguetes de playa para Miranda, un bronceador de bebé para Marta, unas chancletas para Dina y una gorra de béisbol para mí. Había pensado convencer a Dina de comprarse un bikini pero preferí no mencionar el asunto. Lo compraría y se lo daría en la playa. Antes de salir me pareció escuchar ruidos en la recámara de Marta. Me asomé. Era un horno gracias al calentador eléctrico. Lo apagué. Marta estornudaba. Le retiré una de las mantas y abrí la ventana. Me fui sin avisarle a Dina. No quería tentar su histeria.
En el supermercado no había gente apenas. Desayuné molletes en la cafetería y pagué mis facturas en menos de diez minutos. Tomé un carrito y me dirigí a la sección de ropa. Por el camino obtuve la bolsa de juguetes de playa para Miranda y el bronceador de bebé. También un antigripal, una caja enorme y colorida que incluí en mi lista para que los enfermos no acabáramos por ser mi esposa y yo. Elegí luego una gorra y una playera blanca, lisa, para mí. Para Dina, unas chancletas cerradas como las que yo acostumbro y que ella dice detestar pero siempre termina robando.
Recordé el plan del bikini. Morosamente, me acerqué a la sección de damas. Dina tenía un cuerpo ligeramente inarmónico. Como muchas mujeres que han tenido hijos pero no los han amamantado, sus caderas y trasero eran redondos pero sus senos seguían siendo pequeños, de adolescente. Así que me encontré desvalijando dos bikinis distintos para armarle uno a la medida.
“¿Compras ropa de mujer muy a menudo?”. Claudia apareció junto a mi carrito, sonriente, las manos llenas de lencería atigrada. “En realidad no”. “Eso es muy cortito para Dina. No va a querer usarlo”. Era cierto pero me limité a sonreír como para darle a entender que mi esposa acostumbraba utilizar arreos sadomasoquistas y juguetes de goma cada viernes. La acompañé a los probadores para cuidar su carrito. No iba a probarse la lencería —cosa prohibida por el reglamento de higiene del supermercado— sino unos jeans. Fingí estar muy interesado en la etiqueta del antigripal mientras esperaba que saliera. El antigripal era un compuesto a base de pseudoefedrina y advertía que podía provocar lo mismo nauseas que mareos, resequedad de boca o babeo incontenible, somnolencia o insomnio, reacciones alérgicas notables y, en caso extremo, la muerte. Me di por satisfecho. “¿Cómo me ves?”. Había salido para que le admirara el culo metido en los jeans. Se le veían bien, como toda la ropa demasiado pegada a las mujeres excesivamente dotadas de nalgas. Claudia había sonreído otra vez. Ya no tenía cara de mal cogida.
En las cajas nos topamos con la directora del kinder. Nos saludó muy amablemente hasta que su cerebelo avisó que Padre de carrito uno no emparejaba con Madre de carrito dos. Se despidió con una simple inclinación de cabeza. Mientras esperábamos pagar Claudia se puso a hojear una revista femenina y yo volví a explorar los misterios de la etiqueta del antigripal. Pseudoefedrina de la buena. “Aquí dice que a las mujeres en África les arrancan el clítoris”, comentó sin levantar la mirada. “Y que el sexo anal es común allá y por eso el sida es incontrolable”. Levanté las cejas y ella lanzó una carcajada que contuvo con la mano. “Mejor que no oigan que hablamos de clítoris y sexo anal o el chisme va a ser peor”.
Como de hecho el chisme ya no podría ser peor le cargué las bolsas al automóvil y la ayudé a subirlas. Ella parecía dispuesta a conversar más pero me escurrí pretextando la gripa de Miranda. “También Ronaldito está malo”. “¿Dónde lo llevas al pediatra? El nuestro se fue de vacaciones y no responde las llamadas”. Ella se puso las manos en la cadera. “No lo llevo al médico. Yo sé de homeopatía. Si quieres puedo darte medicina para tu niña”. No acepté pero ella insistió en colocarme en el bolsillo una tarjetita con su teléfono. “Llámame a cualquier hora si necesitas”.
Había un automóvil en mi lugar de la cochera, junto al de Dina. Entré con las bolsas en una mano y las llaves en la otra. No se escuchaba ruido, salvo los esporádicos estornudos de Marta. Miranda dormía, aparentemente sin fiebre. Imaginé que la directora había manejado a cien por hora a su casa para llamar a Dina y contarle que yo estaba en las cajas del supermercado hablando de clítoris y rectos africanos con Claudia. Imaginé a Dina armada con un cuchillo, esperando mi paso para degollarme.
En realidad estaba en la cocina tomando café con el tipo de los ricitos que la había admirado en la posada. Suyo era el automóvil usurpador. “No te oí llegar”. “Algún imbécil se estacionó en mi lugar”. El tipo me miró con resentimiento. “No es un imbécil: es Walter, el papá de Igor, el compañerito de Miranda. Es homeópata y lo llamé para que viera a las niñas porque el pediatra no contesta”. Walter se puso de pie y me extendió la mano. La estreché con jovialidad hipócrita. “Walter cree que Miranda no tiene gripa, sino cansancio, y que a Marta le están saliendo los dientes”. El homeópata hizo un par de inclinaciones de cabeza, respaldando el diagnóstico.
No suelo ser un tipo desconfiado, pero noté el rubor en el rostro de mi mujer. Y su olor. Olía como cuando accedía a hacer el amor a mi modo, menos neurótico que el suyo. La bragueta de Walter estaba abierta, lo que podía no querer decir nada. O sí. Miré al homeópata, abrí el bote de la pseudoefedrina, me serví un vaso de agua y me pasé dos pastillas. “Yo no creo en la homeopatía, Walter”. Él volvió a mirarme bélicamente. Dina torció la boca. “Y por favor quita tu automóvil de mi lugar. No me gusta dejar el automóvil en la calle. Por eso rento una casa con cochera”. Walter se despidió de Dina con un beso en el dorso de la mano y salió en silencio, sacudiendo sus ricitos. Salí de la cocina antes de que se desataran las represalias.
En el comedor había una nota escrita a mano, con letras esmeradas que no eran las de mi mujer. La receta de la homeopatía. Memoricé los compuestos y las dosis. Marqué el número de Claudia, sosteniendo su tarjeta frente a mis ojos. Su letra era desgarbada, como ella. “¿Sí?”. “Hola. Qué rápida. Estabas esperando que llamara”. Su risa clara en la bocina me puso de buen humor. Escuchó con escepticismo las recetas de Walter y bufó. “Una gripa es una gripa. Nadie estornuda porque le salga un diente o por estar cansado. Mira, lo que vas a hacer es comprar lo que te voy a decir y engañar a tu esposa para que piense que les das sus medicinas”. “¿Me estás pidiendo que engañe a mi mujer?”. La risa como campana de Claudia llenó mis oídos.
“¿Con quién hablabas?”. “Con el pediatra”. “¿Y qué dice?”. “Nada. No responde. Le dejé recado en el buzón”. Dina estaba cruzada de brazos en el pasillo. Tenía cara de mal cogida. “Te portaste como un patán con Walter”. Acepté con la cabeza gacha. Mi táctica consistía en darle la razón y pretextar mis nervios por la enfermedad de las niñas. Dina me miraba con una intensidad que presagiaba o un pleito o un apareo corto y violento cuando Miranda se puso a llorar. Tenía 39.4 de fiebre. La metimos a la tina y le dimos paracetamol.
Dina no cocinó ni tuvimos ánimos de pedir comida por teléfono, así que cada quien asaltó el refrigerador a la hora que tuvo hambre. Yo me serví un plato de cereal con leche y me hice un bocadillo de mayonesa, como cuando tenía once años y mi madre no aparecía a comer por la casa. Al beber un largo trago de leche sentí cómo mi garganta se derretía. Tosí. Dina asomó por la puerta y me miró con horror. Otra tos respondió en la lejanía. Era Marta. Tenía 38.6. Dos escalofríos me recorrieron los omóplatos y los deltoides. No sabíamos cuánto paracetamol darle a la bebé. El pediatra no respondió. Dina corrió a llamar a Walter. Yo me escondí y llamé a Claudia desde el celular. “Mis hijas tienen fiebre”. “¿Ya les comenzaste a dar las medicinas?”. “No”. “Pues sería bueno que empezaras”. “¿No sabes cuánto paracetamol hay que darle a un niño?”. “Yo no les doy paracetamol. Tiene efectos secundarios horrendos. Nacen con dos cabezas”. “Mis hijas ya nacieron, me temo”.
Dina salió de casa dando un portazo. Regresó a la media hora con una bolsa llena de medicamentos homeopáticos y un refresco de dieta. “¿Tomas refresco de dieta?” “A veces”. “A Walter no le gustan las gordas, seguro”. Aproveché su desconcierto para salir a la calle. No sabía dónde encontrar una farmacia homeopática, así que volví a llamar a Claudia. “Yo tengo lo que necesitas en la casa. Ven”. Lo que yo necesitaba era dejar a las niñas dormidas en sus cunas y meterme con Dina al yacuzi de un hotel en el mar y quitarle el bikini que le había comprado. Tardé en dar con la dirección. Abrió ella, despeinada y sin maquillar, con un suéter y gafas. Tenía a la mano ya una bolsa con frasquitos y un listado de dosis y horarios. Le pregunté por Ronaldo. “Está arriba, viendo la tele”. La casa era enorme y fea, como todas las heredadas. “Mi padre quería vivir cerca de la estación de bomberos. Lo obsesionaban los incendios. Por eso vivimos acá”. Mi carisma dependía de mis chistes y no tenía cabeza para decir ninguno en ese momento. Hice una mueca y me marché aparentando nerviosismo. Eso halaga más que un chiste.
Dina lloraba. Miranda tenía 39.6 y Marta, 39.1. No lloraba por eso. “Llamó la directora”. Supuse una conversación lánguida, llena de sobreentendidos. “¿Qué hacías en el supermercado con la puta de Claudia”. “Lo mismo que tú con el querido Walter: buscar consejo médico”. “¿Esa puta es doctora?”. “Homeópata”, dije, levantando la bolsita llena de frascos.
Hice un intento final por marcar el número del pediatra antes de administrar las primeras dosis de homeopatía. Respondió su buzón. Murmuré una obscenidad y corté. Jugamos a suertes el primer turno. Perdí. Me ardía la garganta y la espalda murmuraba su lista de reclamos. Dina forcejeaba con Marta para darle las gotas. Tuve un acceso de tos. Dina amenazaba a Miranda para que tragara sus grageas. Opté por tirarme a dormitar en un sofá de la sala. Pensé en lo mal que se veía Claudia con gafas, en lo mal que Walter llenaba los pantalones, en Dina con ropa y sin ella. Desperté aterido. La casa estaba oscura y silenciosa. Me puse de pie, asaltado por un deseo intenso de orinar. Apenas saciado, la nausea me dominó. Maldije el bocadillo de mayonesa de la comida. Luego Dina daba de gritos y marcaba el teléfono. Miranda lloraba. Tendría fiebre. Marta estornudaba con la persistencia de un motor. Hacía calor, el sudor escurría hasta las comisuras de la boca. Me arrastré fuera del baño. Pedí agua con voz desvaneciente. Fui atendido. Bebí. Alcancé una alfombra. Me dejé caer.
Lo siguiente era Walter, sus manos largas en mis sienes. “Te desmayaste. Estás enfermo. ¿Tomaste alguna medicina?”. “Pseudoefedrina, Walter, de la mejor”. “Seguro eres alérgico”. Tras los ricitos del homeópata, Dina asomaba la cara. Quizá esperaba mi muerte. Quizá no. Quizá Walter la había hecho suya veloz e incómodamente frente a mis cerrados párpados. Tragué la solución que me fue ofrecida en un vasito minúsculo de homeópata profesional. Sabía a brandy o apenas menos mal. Logré incorporarme y caminar hasta la cama. Las nauseas regresaron, acompañadas de temblores y frío. No quería que Walter se fuera de mi lado, deseaba incluso acariciarle los ricitos con tal de que se quedara. Pero Miranda tenía 39.7 y Marta 39.4, así que se largó a atenderlas. Cerró la puerta de mi recámara tras de él y Dina lo siguió, sin acercárseme siquiera. La hembra opta por el macho más fuerte para asegurar una buena descendencia. Pero nuestras hijas ya habían nacido.
Marqué el número de Claudia. Por la ventana se veía un cielo oscuro que podría ser el de cualquier hora. Tardó en responder, dos, tres timbrazos. Ahora tenía tanto calor que si cerraba lo ojos saldrían disparados de las cuencas para estrellarse contra la pared. “¿Sí?”. “Me desmayé. Parece que soy alérgico a la pseudoefedrina”. Un largo silencio. “¿Quieres que vaya? ¿Estás solo?”. “Está Dina. Con Walter. No quiero molestarlos”. “¿Walter?”. Otro largo silencio. “Ven mañana a las tres. Me aseguraré de estar solo”. “Bueno. Llevaré medicina”. “Ven tú, nada más”. “Como quieras”.
No lloraba desde los once años, cuando mi madre no aparecía en casa alguna noche. Lo hice quedamente, en la almohada. A las 2:24 de la madrugada me despertaron los números rojos del reloj digital y los gritos de Miranda. La niña tenía pesadillas o se había roto un brazo: la mera fiebre no justificaba aquel escándalo. 39.6. Dina había olvidado darle el paracetamol o Walter había ordenado interrumpir su administración. Pero Walter no era el padre de la familia. Le di a Miranda la medicina, que tomó con admirable resignación, y la dormí acunada en brazos, pese a sus casi cinco años, susurrándole tonterías sobre gatos y conejos. Me levanté, mareado perpetuo. Pseudoefedrina. Me sentía sudoroso, acalorado, el corazón latía en los pies, el estómago, los dientes. Visité la recámara de Marta. 38.7. Tampoco le habían dado paracetamol. Interrumpí su sueño para hacerlo y la besé en la cabeza y las orejas hasta que sonrió. La dejé suavemente en la cuna.
Dina estaba dormida en la sala, agotada, con la falda medio subida en los muslos húmedos de sudor o cosas peores. Junto a su mano descansaba uno de esos prácticos vasitos de homeópata profesional. Olfateé su contenido. Sería alguna clase de supremo sedante. Comencé a acariciarle las piernas. No reaccionó. Le deslicé un dedo bajo los calzones y por las nalgas. Pasó saliva. Podría haberla montado todo un grupo versátil de veinte instrumentistas antes de despertarla. Seguro Walter le había dado aquello para apresurar el proceso de adulterio. Hija de puta. Lo peor es que había provocado que olvidara dar el paracetamol a las niñas o incluso le había prohibido hacerlo, nuevo amo ante una esclava demasiado tímida para desobedecer. Me asomé por la cortina. Su automóvil ya no estaba. Hijo de puta.
Subí, la boca terregosa, el corazón latiendo en los dedos, las pestañas, un tobillo. Las niñas respiraban pausadamente. Eran las 5:02. Me tiré en la cama y quizá dormí una hora, el cielo era negro aún cuando abrí los ojos. Hacía calor. Me estiré y supe que deseaba a Dina. Miranda dormía con los dedos dentro de la boca. 37.3. Marta roncaba ligeramente. 37.1. Tuve que quitarme la camiseta al salir al pasillo. Demasiado calor. Pseudoefedrina o antídoto de Walter. Una dosis ligeramente más alta me habría impulsado a bajar por un cuchillo a la cocina pero lo que quería era desnudar a Dina, morderla, arañarla. Apenas se movió cuando me deslicé en el sillón. Pensaba: cuando el tribunal me juzgue diré que fue la pseudoefedrina o culparé a Walter por darme un afrodisiaco incontrastable. Le levanté las faldas y suspiró. A tirones, me deshice de su ropa. Su cuerpo. 39.8. Le separé las piernas y comencé a besarla obstinadamente. Yo aullaba y gruñía, aunque parte del cerebro procuraba asordinar mis efusiones para no despertar a las niñas. Dina abrió unos ojos ebrios y comenzó a decir obscenidades. 40.3. Aullábamos y nos insultábamos, yo le decía que el culo de Claudia lucía guango incluso dentro de unos jeans apretados como piel de embutido y ella bordaba sobre la muy posible impotencia de Walter. Yo le mordía los pechos y ella me arañaba desastrosamente la espalda. Nos despertó un estruendo y una risa malvada. Era Miranda, en pie ya, había conseguido derribar la pila de revistas de su madre. Sin mirarnos Dina y yo nos alistamos y subimos. Miranda brincoteaba sobre mi libro ilustrado de las Cruzadas. La perseguí hasta su recámara y la mandé a hacer la maleta. Me miré en el espejo del pasillo. No sudaba y mi aspecto era el de costumbre, apenas despeinado. Fui por agua y sentí una punzada de hambre. Dina bajó con Marta en brazos. La bebé mordía el cuello de una jirafa de trapo con alegría de vampiro. “Se terminó el biberón”, informó mi esposa con perplejidad. Desayunamos huevos con tortilla y bebí el primer café del día. Claudia estaba citada a las tres. Dina confesó que Walter pasaría a las dos y media. Decidimos precipitar la salida al mar. El hotel aceptó adelantar la reservación y cambiar los boletos de avión llevó cinco minutos.
Dina miraba la mesa. “¿Nos vamos, entonces?”. Lo decía con decepción y esperanza. En el aeropuerto confesé la compra del bikini y se lo entregué. “Es muy pequeño para mí, me voy a ver gordísima”. Pasé el vuelo leyendo una revista médica. Tenía un artículo sobre la pseudoefedrina pero preferí omitirlo y concentrarme en uno sobre el cercenamiento de clítoris de las africanas y los métodos reconstructivos existentes. Dina y nuestras hijas cantaban.
En la playa pedimos sombrillas e instalamos a las niñas a salvo del sol. Marta untada de bronceador de bebé y Miranda tocada con un sombrerito de paja. No había turistas, apenas dos ancianos paseando a caballo, alejándose hacia el sur. El cielo era claro y espléndido. Escuché mi teléfono y acerqué una mano perezosa, dejándola pasear antes por el trasero de Dina, que se endureció ante el homenaje.
Era el pediatra.
Dejé que respondiera el buzón.

El buscador de cabezas

Mientras creaba y abandonaba (al menos año y medio) este blog, dediqué mis días a bastantes mejores misiones que postear. Tuve dos hijas y escribí un libro (y sembré varios árboles, aclaro, para evitarles la pregunta).
El libro es una novela y se llama El buscador de cabezas. La publicó Joaquín Mortiz/Planeta (gracias a Álvaro Enrigue y Andrés Ramírez por ello). El manuscrito original circuló por medio de este blog hace un par de años: se lo enviaba a todo aquel que se comprometiera a mandar de vuelta sus comentarios. Recibí alrededor de 60 peticiones, casi todas de fuera de México, la mayoría de argentinos, españoles y latinoamericanos migrados a EU. Apenas doce de los corresponsales cumplieron con textos críticos pormenorizados, aunque la gran mayoría llegó a hacerme llegar algún comentario (desde el "Me pones caliente!", de una chica de Los Ángeles que casi provoca mi divorcio hasta el "Es usted un canalla", de un argentino obsesionado con encontrar en todas partes refrencias a no se qué oscuro neonazi pampero).
El buscador de cabezas fue publicada en junio de 2006, unos pocos días antes de las elecciones presidenciales mexicanas. Al ser parte de la trama del libro la toma del poder por un grupo de ultraderecha en un país no identificado, algunos periodistas y críticos leyeron el libro en sentido predictivo (especialmente después de que la derecha ganó las elecciones más o menos sorpresivamente) como si fuera yo el protagonista de The dead zone.
En resumen, puedo preciarme de que al libro le ha ido bien. Su traducción al francés está en proceso (la publicará Editions du Rocher en su serie La serpiente emplumada) y las críticas en general fueron de lo aprobatorio a lo entusiasta. Quizá el texto más riguroso al respecto sea el de Rafael Lemus en Letras Libres. Guadalupe Nettel, en Hoja por Hoja, y Geney Beltrán, en Nexos, hicieron lecturas orientadas a lo político pero con implicaciones literarias. Un psicoanalista de Arandas (población de relativos pocos habitantes, más o menos cercana a mi propia ciudad) hizo la crítica más curiosa que recuerdo: afirma que estoy obsesionado con los senos femeninos. A un reseñista en Emeequis no le llegó a quedar claro que el libro antecedió a las elecciones y hasta a los reportes de prensa sobre grupos de ultraderecha en México (materia que no es abordada en mi libro, que no habla específicamente de México, por cierto). Tampoco, al parecer, le gusta mi prosa. En Reverso ofrecen la crítica de mi buen amigo Mariño González, aunque los editores le atribuyen la autoría de la novela a mi hermano Ángel, lo que no deja de tener gracia. En la página del club de lectura de la FIL, un amable usuario se lanzó al ruedo con una reseña elogiosa que se agradece. Uno de quienes tuvieron el libro vía mail es René López Villamar, quien escribió luego una reseña del impreso en su blog. René, quien es generalmente implacable, me perdona la vida, así que le estoy muy reconocido.
Reforma eligió al libro como uno de los mejores de 2006 en dos oportunidades, ambas en el suplemento literario El Ángel (no hay acceso directo, sólo por suscripción). La primera, en la columna de Sergio González Rodríguez (bajo el rubro "Primera novela") y la segunda en la de Rogelio Villarreal, que reproduce parcialmente Heriberto Yépez en su propio blog (encabecé también una lista de "sobrevalorados" en el diario El Financiero; como otro de mis acompañantes de cesto de la basura era el Nobel Coetzee, podemos concluir que el reseñista es un pobre imbécil —su libro favorito del año es una novela sobre conspiraciones y templarios).
Hay por ahí un par de entrevistas disponibles. Una, de la peculiar revista Quehacer político y otra de la Gaceta de la UdeG. En ambas están mejor registrados los titubeos de mi lenguaje oral que mis ideas, pero quizá den una idea sobre algunos puntos importantes del libro.
Desgraciadamante, El buscador de cabezas ya está agotado en las tiendas virtuales de Gandhi, El Sótano, Sanborns y el FCE. Pero quizá, para los interesados, haya suerte en la página de Planeta (aunque no veo tienda alguna en ella, quizá respondan preguntas).
Valga esto como resumen de qué he estado haciendo este año y medio perdido.
Saludos.

Aunque la vistan de Zárate, Alemania se queda

No hablaremos de libros esta semana, sino de un asunto asombroso, que deja bien en claro que la ciudad no ha avanzado demasiado desde el punto en que sus detractores la tachaban de “rancho bicicletero”.
El 7 de febrero pasado, la regidora tapatía Rocío Corona Nakamura, del PRI, propuso que se honre a la cocinera y presentadora de televisión Eva Uranga, viuda de Zárate, imponiéndole su nombre a la avenida Alemania “en honor a que esta señora tiene récord Guiness por más años dentro de un programa televisivo, conocido como ‘Hasta la Cocina’, informa escuetamente un boletín del ayuntamiento.
¿No debería la señora Nakamura preocuparse por asuntos más urgentes que rebautizar calles? Se me ocurre, por ejemplo, que sería mejor idea repavimentar Alemania —cuya carpeta asfáltica evoca la de Sarajevo después de un bombardeo— que cambiarle el apelativo. Y eso por no mencionar asuntos de seguridad, salud o educación a los que se supone que debería entregarse con más entusiasmo.
No es que tenga yo algo personal contra la señora Zárate y sus sopas. Más daño ha hecho Lagrimita y nadie lo mete preso. Pero no parece que un ostentar un récord Guiness sea motivo suficiente para atentar contra la identidad de una colonia centenaria, como la Moderna, que no necesita que el ayuntamiento le modifique la nomenclatura, sino que la ayude a salir de la decrepitud.
No podemos descartar que la señora Zárate sea una influencia intelectual y moral principalísima para la regidora Nakamura (seguro que lo más profundo que ha leído la funcionaria será alguna versión de “Sopa de pollo para el alma”), pero eso no significa que su trascendencia sea equiparable para el resto del Universo conocido.
¿De dónde viene la imbécil compulsión de los políticos de creer que cambiarle el nombre a una calle tiene utilidad alguna para la comunidad que fingen representar? Si Rocío Corona Nakamura considera que la contribución de la señora Zárate a la comunidad ha sido invaluable, que inicie un trámite ante el Registro Civil y se cambie el nombre a Rocío Uranga Zárate, para honrarla mejor. ¿No sería hermoso?
Otra posibilidad es que el cambio de nomenclatura se le haga a la señora Zárate y ésta pase a ser la señora Alemania. Así no se gasta en el cambio de plaquitas y la regidora queda feliz. Ojalá el cabildo tenga la sensatez de archivar la propuesta, antes de que Bélgica ceda su nombre a “Tío Carmelo” y Francia a “Señor que vocea Ekar de Gas”.

(Publiqué esto hace un tiempo en mi columna de Público-Milenio, llamada El libro negro. Por fortuna, la petición fue archivada).

La narrativa aclara lo que el pop enturbia

La primera —y terrible— sospecha que puede asaltar al lector de Los minutos negros es que lo que tiene entre manos se trate de una desanimada parodia de novela negra, uno de esos engendros calificados de “desmitificaciones” por gente que piensa, por ejemplo, que María Félix es un mito y que conviene “desmitificarla”.
Hay, en el libro, elementos alarmantes que favorecen esta prematura hipótesis. Uno de los protagonistas del debut novelístico de Martín Solares es bautizado, sin rubor, como el “Macetón” Cabrera. Cuando el “Macetón” es víctima de un choque brutal, se le aparecen en sueños Rigo Tovar y su corte de sirenitos —en otro punto, se sabrá que la aparición tiene cierto sentido por que el ubicuo tonadillero tropical tuvo un lío de faldas que apuntala el argumento.
Contada así, la trama suena a caricatura del dibujante Trino o a película sangrona del nuevo cine mexicano que vimos una noche en la tele y no nos gustó. Afortunadamente, el pulso narrativo de Solares es firme y le da para superar obstáculos como estos y aún mayores. Su libro corre el viejo albur de la narrativa policial y lo resuelve casi con limpieza: construir una buena historia con materiales horribles.
Los minutos negros, con todo y su aparato de humor dudoso, es una obra digna de la mejor estirpe de novela negra a la mexicana, la que arranca del magistral Complot mongol, de Rafael Bernal, y alcanza las incursiones narrativas de Daniel Muñoz, guionista de aquella tira cómica en color sepia llamada El Pantera.
Solares (Tampico, 1970), recurre a la mitología de su Tamaulipas querida y exhuma un caso a medias olvidado: el odioso asesinato de unas niñas en el puerto (rebautizado para la ocasión como Paracuán) durante los años setenta. Sus protagonistas, policías que parecen honestos si se les compara con el fango moral que los rodea, se afanan por abrirle paso a la justicia por entre la maraña impenetrable de complicidades, ineptitudes y desganos que la sofoca. La vida diaria en México, vaya, retratada con acierto en esa faceta habitual y abominable. La historia elude la linealidad y su estructura de tiempos alternados, que se desarman como las muñecas rusas, es utilizada hábilmente para sostener la tensión indispensable en el género.
Todo comienza con el asesinato del periodista Bernando Blanco. Su muerte disparará las indagaciones del “Macetón”, que a su vez devendrán en la narración de la historia del primer investigador del crimen de las niñas, que el periodista exploraba cuando fue acribillado. Toda reseña de un libro policial tiene —o debería tener— vedado revelar la solución que tan afanosamente se oculta. Baste decir que Solares no apuesta por un final clásico —hay un culpable, sí, pero hay también un México donde los criminales tienen el cielo por límite— sino por un final abierto, agridulce, realista.
Aunque su tránsito es terso, y hasta muy grato por momentos, la prosa de Los minutos negros no es impecable. Su estilo oscila entre cierta ambición verbal que obtiene victorias de fraseo notables, y numerosos y condescendientes acercamientos al “lenguaje popular” que hacen tropezar al lector con toda clase de frases con el filo mellado que a fuerza de repeticiones oscurecen lo que deberían aclarar.
Otro punto discutible son las referencias extraliterarias. ¿Por qué la mención interminable de marcas comerciales, de nombres ridículos en su mayoría, de los años setenta? ¿Para que alguien diga “Ay, qué jocoso”? ¿Qué gana el libro con la aparición como personaje del novelista B. Traven? ¿O de Alfred Hitchcock? ¿O del criminalista mexicano Alfonso Quiroz Cuarón? Nada gana y algo pierde, sobre todo porque no parecen cumplir más función en la trama que la de servir como decorado retro. ¿Por qué no recurrir también a Santa Claus o al Pititos Torres, a quien el resto del elenco se podría pasar 720 cuartillas albureando?
Las posibles objeciones, no obstante, no llegan a refutar el punto esencial: Los minutos negros es una novela entretenida, bien narrada, donde se reconocen asuntos nacionales con un escalofrío inevitable, donde la fragilidad y precariedad de la vida en una república corrupta es patente y dolorosa. Así, el saldo final entre aciertos y errores de bulto termina por serle favorable a Solares. Como pasaba con los viejos detectives privados, Los minutos negros pierde algunas batallas parciales y se rompe los dientes y la camisa en el trayecto, pero termina resolviendo su caso y ganándose el salario y el respeto.

Los minutos negros
Mondadori, 2006

(Letras Libres publicó este texto que, por algún error informático, le ha sido atribuido en su sitio web a Hugo Hiriart, quien desde luego no es culpable de sus posibles desatinos. Tanto mi texto como el de Hiriart pueden encontrarse en el sitio web de la revista: http://www.letraslibres.com)

Dos buenos libros

1. ¿Qué humor?

Borges anotó alguna vez que los textos sobre humor no hacen reír. Ponía como ejemplo el estudio de Henri Bergson sobre la risa: pocas carcajadas podría despertar la prosa minuciosa y solemne del francés. Jonathan Pollock, profesor de la Universidad de Perpignan, trató de ir más lejos y en su obra ¿Qué es el humor? (Paidós, 2004), buscó “desenredar el concepto” de semejantes como la sátira, la ironía y el mero ingenio.
El libro de Pollock (como la vieja Antología del humor negro, de Breton) no hace reír. Su concepto de humor está cargado de consideraciones morales y su principal preocupación es relacionarlo con una inesperada hermana: la melancolía. Después de todo, “humor” es una palabra que designa un talante corporal, una manera de ser y reaccionar orgánica más que intelectualmente, arguye el profesor.
Pollock, quien ha publicado un par de tratados sobre el vanguardista Antonin Artaud, lo yergue como ejemplo de su concepto de humor: Artaud es el loco visceral que no pone en perspectiva de ridículo la condición humana (como haría un satírico), sino que se sumerge en ella, la sufre y la manifiesta en cada palabra.
Villon, Rabelais, Sade, Baudelaire, Jarry y el citado Artaud (muchos de ellos “malditos” con un sentido del humor y el ridículo un tanto dudosos) son la nómina de artistas “realmente” humorísticos que propone el libro. Una escuela en esencia francesa, vale notar.
Curiosamente, Pollock se inclina por la idea de que el humour británico no es tal, sino sólo ingenio, agudeza, sátira intelectual y ética. Así, autores como Saki, Chesterton, Waugh, Woodhouse, son olímpicamente ignorados en su tratado, Tackeray apenas tomado en cuenta y Dickens mencionado sólo una vez. De Wilde, acaso uno de los escritores con más sentido del humor en la historia, no se pronuncia una palabra.
No hemos de contraponer a Wilde (de vida grotesca y literatura “esencialmente feliz”, a decir de Borges) con el atormentado Artaud: opondremos apenas dos maneras de concebir la creación literaria encarnadas, acaso, en sus dispares humores.

2. Hay humor y humor

Hipotermia y El huésped son títulos de dos autores mexicanos jóvenes, publicados en fechas recientes por la casa Anagrama. Son, sin embargo, libros inasimilables que reflejan esa oposición —o divergencia— de humores de la que he hablado.
Pese a los premios y los best sellers de Volpi y Padilla, pese a la fascinación de cierta crítica por la prosa más o menos hermética de Cristina Rivera Garza, es muy probablemente Álvaro Enrigue el mejor narrador mexicano nacido en los sesenta. Cuatro títulos (dos novelas y dos volúmenes de relatos) han bastado para mostrarlo como un estilista arriesgado y definido.
Hipotermia es su nueva excursión a la tragicomedia. El paseo es francamente entretenido y estéticamente redondo. El libro está formado por una serie de relatos relacionados —o no— que exploran diversos mecanismos y (mucho más importante aún) diferentes paisajes narrativos. Hay voluntad de unir todo en un conjunto armónico y deliberado, pero la estructura forzada no obstaculiza la fluidez de los textos.
Algo del satírico Evelyn Waugh, de esa mundanidad arrogante y entrañable, asoma en la prosa de Enrigue. También una visión inédita de la mexicanidad en el exilio que, pese a ilustres precedentes como Tablada, Reyes, Vasconcelos y Paz, no ha sido una de las líneas dominantes de nuestras letras.
Hay dos grupos de relatos principales. El primero está conformado por los cuentos narrados en primera persona por un emigrante en Estados Unidos, casado y con hijos, que en lugar de servir platos da clases en una universidad (los límites del personaje son difusos: a veces está en vísperas de irse, a veces tiene un solo hijo, otras está separado, al final es un cocinero de regreso a una América Latina que es, a la vez, un paraíso y una pesadilla). Esa heterogénea columna vertebral sirve para conformar una suerte de presencia narrativa, que reaparece cada tanto en el volumen y siempre de modo inteligente, crítico, ameno. A esa voz le pasa de todo: le caen rayos, lo atormenta el adulterio, le preocupa el destino de un animal entrevisto en la nieve…
El otro grupo está conformado por textos en tercera persona no menos logrados: un electricista vencido por el sueño en plena labor; las andanzas de los últimos individuos de dos pueblos en extinción; la mágica conversión de unos recolectores de basura en piratas y de su camión en buque…
Mientras algunos escritores y críticos consideran que el mayor mérito literario es alcanzar la ilegibilidad y obtener el tedio (formulado así parece asombroso) y pelan los dientes ante cualquier narrativa que apele a la habilidad retórica y convoque la risa, Enrigue apuesta por un tono que obligue el interés sin sacrificar el rigor. Por su amplitud de temas y registros, por su maestría formal, Hipotermia es uno de los mejores libros de relatos aparecidos en nuestro país es los recientes años.
Por su parte, El huésped es el debut en la narrativa de largo aliento de Guadalupe Nettel (México, 1973). La novela obtuvo el tercer lugar en el premio Herralde de novela que concede Anagrama y creó una notable expectativa en el medio nacional antes de su aparición (expectativa que probablemente se deba a que a todo el medio nacional le habría gustado ser tercer lugar del premio Herralde, éxito paradójico que afortunadamente no ha sido usado como punta de lanza comercial para el volumen).
Sin ser un punto de inflexión o parteaguas literario (sólo los redactores de solapas califican de ese modo triunfal los libros), El huésped es una obra que contiene multitud de pasajes hábiles, que navegan entre peticiones de principio estruendosas y una imaginería que combina la inocente perversidad de los juegos infantiles y el frío desasosiego que llamamos posmodernidad.
El huésped aborda la obsesión que desarrolla su narradora, Ana, con la idea de estar habitada por un ser ajeno a sí misma, un doble que se aloja en su interior y ocasionalmente asoma a la superficie con resultados catastróficos. Los simbolismos posibles son evidentes y el texto los desarrolla sin ápice de timidez. El carácter mórbido de Ana se hace notar en cada página: en las historias que dice que le gustan, en el apego por su hermano, en su interés creciente por los ciegos, en el solipsismo absoluto que la lleva a no pensar en nada más que en sí misma y su monstruo durante decenas de páginas, a la vez que retuerce la realidad exterior para convertirla en alimento de su idea fija…
Ana y La Cosa alcanzan tal grado de conocimiento mutuo que acaban por fusionarse en una suerte de tercer engendro, habitante de las tinieblas de la ceguera y las oscuridades del metro, que compensa el horror y abandono que muestra como cara externa con una curiosa paz interior.
Nettel reside desde hace años en París y su novela muestra una curiosa influencia de cierta narrativa post-surrealista francesa. Hay en su prosa afinidad con el humor negro del ilustrador y narrador Roland Topor (autor de títulos elocuentes como La cocina caníbal), y también una vena de guarrería trascendentalista que quizá venga del tremebundo Georges Bataille. Pero el trasfondo mexicano es innegable: su escenario no son las catacumbas parisinas, sino las chilangas y la cultura pop de la protagonista del libro es equiparable a la de cualquier otro joven mexicano de los setenta: Alien, El Coyote y el Correcaminos, etcétera.
El huésped transcurre en un DF de pesadilla: el metro se convierte de en la columna vertebral del horror y la ciudad es reinterpretada como una federación de monstruosidades. Hay atisbos de pintoresquismo que parecen destinados a sorprender cándidos franceses (un banquete de tacos de manatí en un panteón, por ejemplo), pero los desatinos quedan como episodios marginales.
Toda voz distinta en narrativa es digna de notarse. Podrá o no gustar, pero El huésped es una obra con estilo propio, de una escritora inhabitual, a contraflujo de las modas imperantes. Es, en su muy peculiar camino, un gran libro.


3. Conclusión sin risas grabadas

¿Hay una oposición entre lo que Pollock llama el “humor existencial” identificado con los franceses y el sense of humour al estilo británico? No es imposible que la haya. Según Winston Churchill, la ironía de sus compatriotas era la característica que había impedido que cualquier tirano se apoderara del gobierno inglés en siglos, mientras los franceses decapitaban reyes, aupaban tiranos y eran seducidos por toda clase de orates a izquierda y derecha.
¿En que consistiría esa oposición? Según Pollock, en que el “humor existencial” no procura la distancia ni la inteligencia. Heredero del más obcecado romanticismo, según su definidor, el escritor de esa calaña ríe porque sufre, sufre porque vive y, pleno de fatalismo, vive por quién sabe qué adversa hechicería. Menos desesperadamente sentimental, el temperamento de corte británico se interesa en la vida lo suficiente para reírse de ella, sin dejar de reconocer que, en el fondo, es un espectáculo adictivo y justificado.
El huésped es un libro de escuela francesa. Su humor linda con el absurdo y la tragedia: está narrado desde la monstruosidad y termina por exaltarla ante el adocenamiento y las suciedades del mundo exterior. Más cívico, Hipotermia es un ante todo una buena pieza de retórica, que no renuncia a la emotividad pero tampoco a la distancia crítica. No hay fatalismo alguno en el libro: por más ridículas o torpes que sean las circunstancias, la ironía es el modo en que nos sobreponemos a ellas, el antifatalismo, aquello que Churchill consideraba el núcleo del sense of humour: el instinto de conservación.


Hipotermia
Álvaro Enrigue
Anagrama, 2005

El huésped
Guadalupe Nettel
Anagrama, 2006

(Cuaderno Salmón publicó este texto).

Moción sobre el compañero Rodolfo Walsh

No hablemos sino bien de los muertos. Qué latina y noble sentencia. Pero, contra lo que Boris Vian decía, no todos los muertos tienen la misma piel. Hablo, ha de saberse, de un muerto con una piel tan sensible como la conciencia social de un activista de dieciocho años recién cumpliditos. De un hombre bueno, un mito casi, y –hagamos patente la paradoja-, también un escritor.
El mal, nos dicen, cercó y mató a Rodolfo Walsh. Eso no puede dudarse. No queda ya un solo apologista de las dictaduras sudamericanas con la dentadura completa y las funciones retentivas intactas: morirán pronto, ojalá que en prisión, y no los echaremos en falta.
Concedámoslo: ser víctima del mal, el mal absoluto, lo convierte a uno en bien. Lo que resulta más difícil de aceptar es que lo torne además manual de estética, preceptiva, canon. Es el viejo gambito de la Iglesia más ultramontana y la izquierda menos cerebral: equiparar las mejores obras humanas con la buena literatura.
No soy digno o capaz de juzgar las ideas del múltiple Walsh o al hombre que las sostuvo, al alzado contra la injusticia, al periodista con ímpetu político insobornable, al autor policial que no indagaba lo imaginario sino lo que veía o le contaban en la calle. Pero transfiriendo su ejemplo de compromiso a las letras, que son la materia que me importa aquí, debo insubordinarme ante el desatino de que a Walsh se le exenten por la vía de la santidad civil los más rudos exámenes de literatura.
Puedo comprender –soy un mero mexicano- que todo un argentino, que muchos argentinos, eleven en su ánimo un altar para un hombre como él. Comprendo menos que se necesite fincarle o fingirle un prestigio narrativo irrebatible, y que se le acallen los yerros porque fue un valiente y porque el gesto sustrae del centro lo que debería ser esencial: la prosa.
Triste remedo de justicia, la compasión. Lo digo sin retórica: me apena hasta el asco que a Walsh lo mataran como lo mataron, pero no me alcanza la pena para que el entendimiento, como querían los traductores de la Biblia, se me nuble. Lo digo aquí y escupo entretanto sobre retratos de Masera y Videla, para que ningún orate piense que los reverencio (botudos, ignorantes, apestosos a sangre, los llamo): Rodolfo Walsh, incluso en su mejor momento, es un mero subsidiario de la gran prosa argentina, la de Borges, un deudor de la adjetivación y la musicalidad sintáctica borgiana, ya que no de su escepticismo –conservador, si se quiere- ni de su ironía.
No deja de ser moralmente injusto (vivimos en un Universo peligrosamente dado a esa clase de humor), que el –involuntario- maestro del cruzado contra la dictadura que escribió Operación masacre haya sido un tibio y desdeñoso aliado de esa dictadura. Lo es. Pero no se puede aspirar a una prosa demasiado notable cuando a uno se le atraviesan a cada paso palabrones de manual como oligarquía, pueblo, clase, peronismo…. Leamos, como muestra de esta desdicha, una cumbre estética entresacada del casi arcano libro ¿Quién mató a Rosendo?:

Discutir el vandorismo desde la perspectiva de una teoría revolucionaria de la clase obrera es reencontrar uno por uno los viejos lugares comunes del reformismo, del sindicalismo burgués. En todo caso Vandor es de­rrotado por los hechos, además de la teoría. Si los tra­bajadores lo juzgan hoy duramente es por los resultados de su acción, por lo que él ha conseguido con sus nego­ciaciones, sus maniobras y sus pactos: destruir el gre­mio metalúrgico convirtiéndolo en simple aparato, divi­dir la CGT, quebrar la confianza de los trabajadores en sus dirigentes, retrotraer el movimiento obrero a 1943…

¿Qué le falta a Walsh, hábil en el panfleto como pocos más en la América Latina, para ser, de hecho, un gran escritor? No se le puede echar en cara falta de convicción, como a un novato que asomara sus textos dudosos por vez primera a un vil taller. No, convicción le sobra, le reboza, no le alcanzan los poros ni las letras para contenerla. Acaso se le deba reprochar como estilo, como modo de respirar la narrativa, la prosa, esa dichosa convicción, ese “sentirse insultado” por la realidad que lo llevaba a decirse “antes un activista y un agitador que un escritor”. Lo que gusta a la memoria de Walsh le gusta menos a sus obras. Es el riesgo de encadenar las propias letras a la política: tarde o temprano, todos nuestros devaneos le serán tan indiferentes al lector como nos son ahora las ancestrales luchas entre centauros y lapitas…
Presento, pues, una moción de homenaje al compañero Walsh. Yo, ahora, no encuentro reparo alguno en ofrecerle metafóricas flores en su tumba, ni en mostrarle respeto. Fue un valiente, conoció la intolerable desgracia de perder una hija bajo las balas de los asesinos militares, y su causa era mejor que la de sus enemigos. Pero también, junto a su lápida, debo declarar que tiene razón, que el mundo es injusto, que el cínico Borges fue un escritor incomparablemente más hábil, más emotivo, más pleno de literatura. Menos dotado de nobleza olímpica, eso sí, pero más cercano, en sus titubeos y grumos morales, al resto de nosotros, de los simples mortales sin credo.

(Cuaderno Salmón publicó este texto en su dossier sobre literatura argentina del número 3. Entusiastas de Walsh, abstenerse de escribir refutaciones ideológicas)

Esplendor de Lobo Antunes

Borges, haciendo elogio de una novela de William Faulkner en 1939 (esa novela era Absalom, Absalom), anotó que sólo a unos pocos escritores les estaba dado alcanzar, paralelamente, el esplendor verbal y la capacidad de conmovernos. Usaba como ejemplos al propio Faulkner y a Shakespeare, de quien decía, citando o fingiendo citar a Víctor Hugo: “Contiene a la vez a Góngora y a Dostoievski”.
Hay un caso contemporáneo equiparable. La prosa de António Lobo Antunes ofrece complejidad, rigor y un talento verbal de proporciones casi intolerables. Y, sin embargo, no lo hace a modo de simple juego intelectual, de árida exhibición de virtuosismo. Transitar por las páginas de Fado alejandrino, Auto de los condenados, Manual de inquisidores, Esplendor de Portugal o Buenas tardes a las cosas de aquí abajo es, antes que nada, una emotiva, una profunda experiencia de los sentidos.
Lobo Antunes, el perfeccionista del lenguaje por excelencia, ha dicho que escribe novelas porque no sabe hacer poesía, que no cree en el “duende” sino en el trabajo, y que un libro, cuando funciona, es un organismo vivo y autónomo. Cualquiera que lo lea se percatará fácilmente de que en su obra abundan la poesía y el “duende” y, que, tal como prefigura su autor, sus libros no parecen artificios, sino organismos tan vivos que la vida real resulta casi pálida a su lado. Olvidemos que se llama António Lobo Antunes, que nació en 1942 en Lisboa, que estudió medicina y se especializó en psiquiatría, que sobrevivió la guerra de Angola y a esa otra guerra más artera que es la vida diaria, olvidemos los datos básicos que los ficheros y que hasta las páginas de Internet y los periodistas saben.
Es inútil hacer un panegírico interminable sobre Lobo como los que se ofrecen en los banquetes. Sería lastimoso construir un templete y arrojar incienso a un autor cuya vida y obra, justamente, son tan refractarias a la banalidad de los figurones.
Borges hablaba de delincuentes que no habían deshonrado al patíbulo siendo ejecutados en él. Invirtiendo la broma, podemos decir que el Nobel de literatura todavía no ha sido dignificado con su concesión a António Lobo Antunes. Y que eso no importa. No hay un libro suyo que no sea más grande, más placentero y más profundamente literario que un mero premio septentrional.

(Este texto tuvo origen en el que leí presentando ante unos pocos cientos de personas a António Lobo Antunes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2006. Lo reciclo en vista de que a Lobo le han concecido, con toda justicia, el premio Luis de Camoes).

El rey sube a un carro y contempla el panorama. Al fondo de la negra campiña, miles de caballeros y hombres de armas enemigos se aprestan para combatirlo. Enrique V, rey de Inglaterra, ha apostado su corona y vida a la conquista de Francia, y se dispone a conducir a su pequeño y cansado ejército a la batalla. Sus famélicos soldados lo rodean. Esperan sus palabras. Westmoreland, el primo del rey, ha implorado en voz alta al cielo más ingleses más para enfrentar la contienda. Enrique habla.
"Este es el día de San Crispín. El que sobreviva a este día y vuelva sano y salvo a su casa, se izará sobre las puntas de los pies cuando se mencione esta fecha, y se crecerá por encima de sí mismo al oír el nombre de San Crispín. El que sobreviva a este día y llegue a la vejez, cada año, en la víspera de esta fiesta, invitará a sus amigos y les dirá: «Mañana es San Crispín». Entonces se subirá las mangas, y, al mostrar sus cicatrices, dirá: «Recibí estas heridas el día de San Crispín». Los ancianos olvidan, pero incluso quien lo haya olvidado todo recordará aún las proezas que llevará a cabo hoy. Y nuestros nombres serán para todos tan familiares como los nombres de sus parientes y serán recordados con copas rebosantes de vino: el rey Enrique, Bedford y Exeter,Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester. Esta historia la enseñará un buen hombre a su hijo, y desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín nunca llegará sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército, de nuestro pequeño y feliz ejército, de nuestra banda de hermanos. Porque quien vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición. Y los caballeros que permanecen ahora en el lecho de Inglaterra se considerarán malditos por no estar aquí, y será humillada su nobleza cuando escuchen hablar a uno de los que haya combatido con nosotros el día de San Crispín".
La imagen, unida a las palabras, ha obtenido el más alto premio del arte: nos ha conmovido. Durante un instante, y quizá durante muchos más, el espectador ha compartido el temor de los hombres, pero luego ha recobrado el valor con las palabras del rey. Más de alguno saltará en la butaca del cine o en el sillón de su casa al escuchar a Enrique, como buscando a su lado la espada con que habrá de seguirlo al combate.
Esta torpe traducción, inevitablemente, carece de la nobleza del original escrito por la pluma de William Shakespeare. Inevitablemente, también, carece de la calidez que impregnan la voz y presencia de Kenneth Branagh, encargado de interpretar al rey en la versión de Enrique V dirigida por él mismo en 1989.
A despecho de quienes piensan que es necesario “actualizar” a Shakespeare (a despecho de los pobres intentos posteriores de su director), el Enrique V de 1989 es una adaptación simple, que sigue al pie de la letra al original, adaptando sin embargo los diálogos para ajustar la extensión e intensidad de la historia a la pantalla.
Los acentos peculiares de los personajes juegan un papel trascendental en la obra. Así, la noble voz del rey contrasta con la pintoresca deformación galesa del ceñudo y valiente capitán Fluellen (interpretado por un magistral Ian Holm), pero también con la educada y viperina lengua de los franceses, que tachonan sus frases en inglés con interjecciones en su lengua materna. Escoceses arrojados, frenéticos irlandeses, el bajo pueblo inglés (con sus refranes y giros de doble sentido) representado por los tragicómicos Pistol, Bardolph y Nym; es arduo o imposible enumerar la totalidad de los matices verbales en juego.
¿Y qué decir de escenas como aquella en la que la cándida princesa Catalina es instruida en el idioma inglés por su nana, y termina profiriendo temibles y divertidísimas alusiones sexuales en paupérrimo y confuso inglés y arrepintiéndose de ello en francés? ¿O cuando Enrique, triunfador e imbatible, trata de declarar su amor a Catalina advirtiendo que “el francés colgará de mi lengua como recién casada del cuello de su esposo, sin soltarse”? ¿O cuando, al final de la milagrosa victoria de Azincourt, Enrique recupera el galés de su infancia para abrazar al capitán Fluellen y decirle: “Soy galés, mi buen compatriota”, y Fluellen responde: “Ni toda el agua del río Wye lavaría la sangre galesa de las venas de Su Majestad”.
¿Qué blasfemo “doblador” se atrevería a saltar del inglés de la corte al galés de los campos de poros y patatas en apenas un par de líneas, y convertirlos en un español monótono para manifestar la emoción de Enrique? Pero no sólo la emoción de una obra desaparece completamente al “doblarla”. También su trama intelectual, también la sutileza que llevó a Shakespeare a estirar su idioma y varios más hasta sus extremos para contar mejor su historia, quedan reducidas a ceniza.
Abofeteemos mentalmente a quien pretenda despojarnos de los matices (“los preciosos matices”, diría Borges) de una obra, y achatarla al tamaño mismo de su ineptitud. Y volvamos al DVD de Enrique V, y volvamos a las épicas frases que han repetido generaciones de hombres, y que, con lengua torpe y torpe prosa, invocamos antes:
“This day is called the Feast of Saint Crispian: He that outlives this day, and comes safe home,Will stand a-tiptoe when this day is named,And rouse him at the name of Crispian.He that shall see this day, and live old age,Will yearly on the vigil feast his neighborsAnd say, "Tomorrow is Saint Crispian. Then will he strip his sleeve and show his scars,And say, "These wounds I had on Crispin's day."Old men forget; yet all shall be forgot,But he'll remember, with added luster,what feats he did that day. Then shall our names,Familiar in his mouth as household words-Harry the King, Bedford and Exeter,Warwick and Talbot, Salisbury and Gloucester-Be in their flowing cups freshly rememb'red.
“This story shall the good man teach his son;And Crispin Crispian shall ne'er go by,From this day to the ending of the world,But we in it shall be remembered-
“We few, we happy few, we band of brothers;For he today that sheds his blood with meShall be my brother; be he ne'er so lowly,This day shall enoble his rank.And gentlemen in England, now abed,Shall think themselves accursed they were not here;And hold their manhoods cheap while any speaksThat fought with us upon Saint Crispin's day..”.

Henry V - William Shakespeare (1598). Kenneth Branagh (1989).

El cajón de Vallarino

Con Roberto Vallarino (1955-2002) murió no sólo un poeta (celebrado en su momento por Octavio Paz como el más cercano entre las generaciones jóvenes a su obra), ni un literato marginal, casi épico en su lucha contra el stablishment y con deliberados rasgos de héroe trágico (polémicas, menosprecio, alcoholismo, olvido). También murió un proyecto intelectual y estético que, si bien disperso y hasta contradictorio, fue uno de los menos adocenados y más vehementes de la segunda mitad del siglo XX mexicano.
El Vallarino “poeta maldito” tiene ahora apenas un puñado de lectores. Al Vallarino “personaje” parece citársele cada vez menos en las anécdotas de cantina, que él tanto repudió. Ahora, la colección Periodismo cultural, del Conaculta, pone a disposición del lector más de 500 páginas del Vallarino crítico, periodista y articulista en el volumen antológico Sendas de tinta, una faceta que bien vale la pena (re)conocer. El libro es algo así como el cajón con los textos del autor que sólo unos pocos leyeron. Es, en ese sentido, variado y amenísimo y encierra algunas sorpresas. Buenas y de las otras.
La mirada de Vallarino no tendió jamás a la placidez. Se especializaba en incomodar. Curiosamente, las entrevistas que abren el volumen lo mismo recurren a la esgrima verbal que al sosiego. Un duelo culterano con Octavio Paz, una paranoia política compartida con Günter Grass, un arrebatamiento de palabra constante con Juan García Ponce y una memorable jornada con el pintor Juan Soriano (que reprende a Vallarino por su romanticismo autonomista y le dice: “A mí que no me entiendan: que me paguen”) destacan en esas páginas.
En el apartado de las crónicas, sobresalen sin duda las que realizó como enviado a la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta y su confrontación directa con la violencia y el extremismo. Sin embargo, sus intereses no eran sólo tremendistas: hay por ejemplo apartados para el heavy metal y los infaltables Rolling Stones…
Algunas de sus reseñas deslumbran por su inteligencia, mientras que otras, escritas quizá por compromisos amistosos, mueven a la apatía. Quizá el mejor Vallarino de todos sea, sin embargo, el de la sección de “varia invención”, que aplica su farragosa y a veces bella retórica en emocionar al lector con homenajes al rarísimo escritor anarco-fascista Rubén Salazar Mallén o a la diva Dolores del Río. Una serie de remembranzas de camaradas sobre el amigo muerto cierran el volumen.
Quizá no haya una sola línea irreprochable en este libro, pero tampoco hay una sola página sin interés. En su obstinada carrera hacia la autodestrucción, Roberto Vallarino se despedazó, pero logró darle por el camino algunas tarascadas a esos fantasmas de la cultura sumisa al poder que tanto lo obsesionaron. Poco importa que se cataloguen estos textos rescatados de las hemerotecas como “periodismo cultural”. En el fondo son literatura y, mejor aún, vida.


Sendas de tinta
Conaculta, 2006

Un lugar para que te dejen en paz

Lo primero, una confesión: soy tapatío pero no bebo tequila, no me gusta el mariachi, y las artesanías de barro, cuero y papel maché me dan ganas de bostezar. Eso no significa que abomine de mi ciudad. Al contrario: pienso que Guadalajara es a tal extremo agradable que uno puede perfectamente olvidarse de los folclores —o bien procurarlos, qué le vamos a hacer— y pasarla bien. Las ciudades, dijo el muy viajero Montherlant, deberían esmerarse en darnos placer, en atraernos con brazos y piernas. Guadalajara, no de un modo violento sino a la manera sosegada y casi indolente de una dama, es una ciudad que da placer.
No hablo, por supuesto, de una urbe de arrogancia imperial. Como en el Cuévano de Ibargüengoitia —o el Pittsburgh de Michael Chabon, si nos ponemos cosmopolitas— se trata en realidad de que existen en Guadalajara pequeños y delicados espacios dignos de vivirse. No, no hay momias exhibidas en escaparates polvorientos, ni monolitos indígenas sobrecogedores, ni ruinas coloniales con olor a prócer, ni se puede pasar uno a comprar fayuca a un país vecino. Hay, eso sí, grandes y mansas zonas residenciales, listas para que uno recorra morosamente sus calles arboladas y silenciosas; rumbos comerciales repletos de toda clase de objetos deseables —desde la mejor joyería nacional hasta un par de zapatos— y barrios viejos con sorpresas culinarias cada veinte pasos. La gente no viene a Guadalajara atraída por ideales cándidos o bohemios —como los de los miles de latinoamericanos que se dan de puñetazos para ser meseros en Barcelona—, sino porque la trae su trabajo, sus negocios, o la simple tentación de perder el tiempo en una gran ciudad sin que nadie la moleste. Este último objetivo me parece admirable.
Guadalajara no destaca por compleja como Tijuana, industriosa como Saltillo o Monterrey, caótica como el DF, ni decimonónica como Guanajuato. Yo sostengo que es la capital mexicana de la tibieza. Obregón la bautizó como “el gallinero de la República” por su tendencia a no inmiscuirse en las guerras patrias. Ese detalle, debo confesar también, me enamora.
Mi experiencia como cicerone de fuereños es larga y ha sido afortunada: no he tenido que llevar a nadie a una corrida de toros o pelea de gallos para entretener tardes soporíferas, ni he provocado horribles episodios médicos por recomendar a nadie guisos espantosos. Cierto es que abundan los platos tradicionales potencialmente incomestibles para el viajero, pero en cualquier restaurante se sirven versiones amigables de salsas, adobos y rellenos, pensadas para quien no tenga el paladar vulcanizado por generaciones de consumo inmoderado de picante.
Pese a que las grandes avenidas ya son campo propicio para embotellamientos y el ritmo de vida se ha acelerado en los lustros últimos, la ciudad conserva espacios y horarios de paz. El fin de semana, por ejemplo, el silencio se extiende buena parte del día, y la fiesta y el ajetreo buena parte de la noche. Aunque nuestra paz y nuestros propios ajetreos tienen sus peculiaridades.
Hace unos meses, un matrimonio amigo vino a pasar el fin de semana a la ciudad. Los vimos, mi esposa y yo, a la hora del desayuno. Ellos y nosotros íbamos armados con nuestros respectivos pares de hijos, así que tras arrasar con los chilaquiles y el café de olla, fuimos a pasear las carreolas bajo los árboles de avenida Vallarta, junto a palacetes porfirianos remozados y jardines con pileta —nadie hablaba en aquellos tiempos de “albercas”—, proyectados como parte de casas de campo en 1900, y que acabaron a la larga como atteliers de modistos locales. Recorrimos unos cuantos kilómetros aquel día, mostrándoles las casas levantadas por Luis Barragán en la colonia Americana, las librerías de viejo del Centro y las banquetas anchas como pistas olímpicas de avenida Libertad. Por la tarde, nos detuvimos en un café, entre las jardineras de la plaza del Carmen, para que los niños bebieran naranjada. Al poco rato de habernos apoltronado, antes incluso de que el mesero volviera con las bebidas, se escucharon los ecos de un coro que entonaba consignas y avanzaba por las aceras de Vallarta. Nuestros amigos, chilangos curtidos por años de plantones y mítines, se pusieron de pie con fastidio y se asomaron a ver. Parecían resignados a que la calma tarde se convirtiera en una réplica de las encendidas jornadas de protesta comunes al DF. “Viene una marcha”, murmuraron con algún espanto. La marcha llegó cinco minutos después. La integraban treinta ancianitas sudorosas, vestidas de negro, con pendones de la virgen y zapatitos de monja. Se persignaron y entraron al templo del Carmen, en silencio, para oír misa de cinco. El resto de la tarde, nuestros amigos se dedicaron a hacer elogio de la tibieza tapatía, y del hecho de que para cualquier habitante de la ciudad fuera inimaginable pasar la tarde del sábado marchando, a menos que se fuese una viejita sudorosa con ganas de rezar el Rosario.
Esa temperancia —seríamos los laconios de por aquí, de no ser por nuestra escasa pericia militar— es notoria en todo tipo de espacios. Véase si no: en una ocasión, otra pareja de amigos, turistas también, prolongaron su estancia en la ciudad una noche para ir a bailar. No quisieron que los lleváramos a alguna de las discotecas high tech del Occidente de la ciudad (el West End tapatío, cuajado de cotos residenciales y edificios pletóricos de lofts y penthouses a medio construir). Tampoco se entusiasmaban con la idea de ir a un bailazo popular —ni nosotros, la verdad— así que decidimos llevarlos a uno de tantos bares gay de la zona de Chapultepec, únicos sitios céntricos donde alguien, de hecho, baila. “¿El ambiente está muy denso?”, nos preguntaron con ansiedad cuando bajábamos del automóvil. No respondimos: el bar en cuestión está frente a un templo y a una cuadra de las oficinas locales de la Coparmex. “¿Irán a echarnos?”, se dijeron de nuevo cuando comprábamos los boletos de acceso. Nos formamos y alcanzamos la puerta. “¿Podemos entrar nosotros?”, preguntó nuestro amigo, mostrando al chico de la puerta —de peluca y ojos pintados— que llevaba tomada a su esposa de la mano. El tipo levantó una ceja a lo María Félix, tomó nuestros boletos y retiró la cadena. Por supuesto que a nadie se le pasaba por la cabeza que hubiera problema. La mitad de la asistencia del local eran parejas heterosexuales y todo mundo bailoteaba la misma canción de Alaska.
Quizá a las personas extremadamente politizadas los incomodará esa aparente indiferencia tapatía, pero yo la celebro. Me parece un subgénero del buen gusto. Pocas veces he visto a un tapatío perdiendo la compostura de manera apasionada, e incluso entonces otros tapatíos se han encargado de serenarlo. Por ejemplo, hace ya algunos años fui a un restaurante del Centro con mi novia de entonces, una chica sinaloense que correspondía a la fama impetuosa de sus paisanas. Sufríamos el síndrome de las parejas que se ven poco: pasábamos la mayor parte del tiempo encaramados el uno en el otro por cines, restaurantes y autobuses públicos. Tanto nos ensimismábamos que no reparamos en que una mujer en la mesa a nuestro lado derecho se había puesto a bufar, indignada ante el despliegue inagotable de achuchones. Fue un mesero quien nos avisó que la mujer se había quejado ante el gerente de nuestro comportamiento. Pensábamos que nos echarían del lugar cuando vimos que el gerente se acercaba a la mujer y le solicitaba con toda amabilidad que ordenara a sus hijos, unos chiquillos patones, muelones y oligofrénicos, que dejaran de apedrear a los periquitos del restaurante, empeño al que habían estado dedicando sus energías mientras su madre se indignaba por los besos de los vecinos. Esa defensa del derecho ajeno —el nuestro de encaramarnos y el de los pericos de seguir con vida— me sigue pareciendo acertadísima, especialmente porque la fisgona se puso morada y no volvió a abrir la boca ni para comerse el banana split que había pedido de postre.
Guadalajara es una ciudad menos reaccionaria de lo que se cree. De cualquier forma, su conservadurismo no es militante y se manifiesta en realidad en una extendida actitud de no beligerancia, en un genuino desinterés de inmiscuirse sin invitación en los asuntos de los otros. Creo que la principal virtud de una ciudad es esa: su inagotable capacidad de dejar hacer y dejar pasar, su vocación de sensatez, las calles tranquilas del sábado que abrazan a los paseantes con la entrega de las damas astutas.

(La revista Travesías me pidió escribir una cantata de amor a mi ciudad, que terminó en este texto, publicado en octubre pasado).

“Por favor, cepíllense esos dientes amarillentos”

The Guardian es un inteligente diario inglés que se caracteriza por ir en el sentido que exige la Historia, pero que se pasó de listo y se olvidó de la Historia. The Guardian fraguó un plan para influir en las elecciones presidenciales estadounidenses del pasado 2 de noviembre. El plan del diario era, a la vez, arrojado hasta lo inconcebible y modesto hasta lo inútil: se trataba de entrometerse en unas elecciones extranjeras, pero de un modo amable, que los analistas celebraran como “novedoso”.
The Guardian decidió evangelizar democráticamente a los electores de Ohio, uno de los estados vitales en el sistema electoral semirrepresentativo que rige en Estados Unidos. La decisión mostró puntería geográfica: Ohio, de hecho, fue el estado que decidió las elecciones. El diario adquirió un censo postal del condado de Clark, uno de los que se antojaban de competencia más reñida entre el presidente republicano George W. Bush, y el senador demócrata John F. Kerry, su rival. “El resultado de las elecciones estadounidenses afectará a las vidas de millones de personas en el mundo, pero nosotros, fuera de los 50 estados, no teníamos nada que decir... Hasta ahora”, aseguró la publicación, con lenguaje de vendedor de automóviles. Luego, y aquí viene la parte central de la idea, invitó a sus lectores a que escribieran cartas personales a los residentes de Clark, Ohio, exponiéndoles las razones por las cuales deberían considerar darle su voto a alguno de los candidatos involucrados. No sólo los lectores ingleses del diario tendrían acceso a la oportunidad: por medio de su página de Internet, The Guardian ofrecía la dirección postal de algún residente de Clark para cualquiera que quisiera contactarlo a lo largo del ancho mundo. Con una salvedad, ninguna dirección sería utilizada dos veces, en un intento por conservar la intimidad de los involuntarios receptores. En ese sentido, el diario brindaba también una cartilla preparatoria para los misioneros de la democracia que quisieran integrarse a la promoción: “Preséntese: ningún votante del condado de Clark tiene razón alguna para esperar su carta; al elegir sus argumentos, tenga en cuenta el riesgo real de molestar a su interlocutor; debería escribir la carta a mano y le rogamos encarecidamente que incluya en la misiva su nombre y dirección, para que le dé mayor credibilidad a sus opiniones y para ofrecer la opción de recibir respuesta". Alrededor de once mil personas respondieron a la iniciativa y enviaron sus cartas.
Las respuestas comenzaron a llegar. “A los habitantes de Ohio no nos simpatizan las intromisiones, incluso si vienen de gente sincera y que admiramos. Somos una comunidad bastante cerrada. En mi ciudad, Springfield, hay quien considera a la gente de las ciudades próximas de Columbus o Dayton, como ‘fuereños’ —imaginen solamente cómo llamarían a alguien de fuera de nuestro país”, decía una de las primeras. Otras fueron menos corteses: “¿Han notado que a los estadounidenses nos vale madre lo que los europeos piensen de nosotros? [...] Me importa el culo de una rata si nuestra elección va a tener un efecto en su pequeña vida sin valor. Realmente no me importa. Si quieren tener una elección significativa en su pequeña isla de mierda, quizá deberían intentar no vender su soberanía a Bruselas y a Berlín [...]. Ah, y por favor cepíllense esos dientes amarillentos, usted y el resto de animales asquerosos”.
El “proyecto Clark”, como fue pomposante bautizado, comenzó a mostrar entonces sus profundas grietas. La gente, en todo el mundo, suele tomarse a mal los señalamientos extranjeros sobre su país, especialmente en cuestiones electorales. Y el movimiento era menos inocentemente democrático de lo que aparentaba. The Guardian ha sido uno de los diarios más críticos en el planeta con las políticas de George W. Bush, y los lectores de un diario suelen ser uno o dos pasos más radicales que sus editorialistas. El apostolado era, simplemente, una campaña para convencer a los electores de que no votaran por Bush. Sólo que era una campaña extranjera y, en ese sentido, ilegítima. Y más aún: inútil. Debido a la reacción secundaria de nacionalismo herido, o a la razón que fuera, George W. Bush ganó las elecciones del condado de Clark —donde el demócrata Al Gore lo había vencido cuatro años antes—con 51 por ciento de los votos a favor. Y Bush ganó otra vez Ohio, con 120 mil votos de diferencia sobre John Kerry y, consecuentemente, ganó las elecciones presidenciales, gracias a los 20 votos para el Colegio Electoral que da el estado —que le hubieran dado la victoria a su rival de haberse invertido los papeles.
Vaya una moraleja final, como epitafio a las ambiciones del intento de levantar un “imperalismo de la opinión” de The Guardian: si el principal reproche que se le puede hacer al gobierno de George W. Bush es su intervencionismo y desprecio por la esencia de la democracia, no se le puede combatir con tácticas intervencionistas. Y, peor aún, si resultan tan contraproducentes.
(Letras Libres publicó este texto).

El cómic de Auster

Pocos autores tan cool como Paul Auster. Si una novela de Arturo Pérez Reverte fuera hecha historieta, lo seguro es que la intelectualidad lo consideraría un intento patético por masificarse aún más. Pero cuando una novela de Auster es adaptada al cómic, la crítica se apresura a destacar la existencia de la muy artística “novela gráfica” y en asimilarla a toda prisa a ella, hermana rica de la historieta y cara aceptable de los “monitos”.
Lo cierto es que Paul Auster es cool y que la edición de Anagrama de la novela gráfica inspirada en Ciudad de cristal es el colmo de lo cool. ¿Alguien mejor para prologar esta versión intelectual de una novela pulp de detectives que Art Spiegelman, el más intelectual autor de cómic de la historia de la humanidad, el primero en ganar un premio Pullitzer con un libro de “monitos”? El volumen, sí, abre con un prólogo en que un irónico Spiegelman narra la idea de “adecentar” el cómic adaptando de la manera más artística posible algunas novelas de autores prestigiosos y cómo se pensó que nadie mejor que el “generoso” Auster para ser el primer adaptado. ¿Por qué es “generoso” Auster? Porque muchos literatos de su altura jamás habrían aceptado acabar hechos tira cómica, porque simplemente se habrían limitado a fruncir la boca y rechazar el asunto. Pero Auster es demasiado cool y el riesgo (el del ridículo ante la intelligentzia) ameritó su divino interés. Claro que todo salió de la mejor forma posible. Porque el propio Spiegelmen se encargó de reclutar a los mejores dibujantes y entintadores de blancos y negros del mercado del cómic, David Mazzucchelli y Paul Karasic, para llevar a cabo el plan.
Ciudad de cristal es quizá la más lograda novela de Auster. Pues bien: en historieta queda incluso mejor. Su estética de novela negra posmo pierde la pomposidad original y adquiere una línea más convenientemente dura. La historia es así: Quinn, un poeta que vive en el encierro, garrapateando novelas policiales tras la muerte de su mujer e hijo, recibe una noche una llamada equivocada. Una voz busca al detective Paul Auster. Intrigado, Quinn decide fingir ser Auster y toma el caso. El cliente es otro poeta, un temeroso tipo a quien su padre aisló desde su nacimiento en busca de que hablara el lenguaje original de los hombres, perdido tras la torre de Babel. Ahora, el padre está a punto de salir de su encierro psiquiátrico y el hijo teme por su vida y Quinn está en el medio…
La versión cómic de Ciudad de cristal posee, como quiere la frase común, lo mejor de dos mundos. Y además es tan cool que permite pararse el cuello a quien la saque a pasear a un café.

Ciudad de cristal (versión cómic)
Anagrama, 2005.

La Atenas de por aquí

Si cuajan los proyectos que han sido presentados en sociedad en los meses recientes, Guadalajara será en unos años “la Atenas de por aquí”, como decían los cuevanenses de Ibargüengoitia. Qué importa que las únicas obras de calibre construidas en los últimos 20 años hayan sido pasos a desnivel y centros comerciales: para Guadalajara ha sonado la hora de levantar sus propios partenones. Todos los poderes fácticos de la ciudad, el gobierno, los empresarios, la Universidad, la Iglesia y hasta las Chivas, tienen las oficinas llenas de planos con dibujos complicadísimos. Si hubiera dinero para pagar la construcción de todo lo que se nos ocurre, Milán y París nos quedarían chiquitas. Los tapatíos somos esencialmente unos edificadores de sueños.
Uno da un paso en la ciudad y se topa con una grúa. En la zona del Country, por ejemplo, se están construyendo edificios de departamentos que son vendidos a precios que hacen palidecer a las villas de la Costa Azul. ¿Alguien quiere pagar tres millones de dólares por la oportunidad de tener una vista del bosque de Los Colomos al amanecer? Los Colomos, despúes de todo, es lo más parecido a Venecia que podemos ofrecer. Cuando llueve, el eficiente sistema de alcantarillado convierte las avenidas en canales llenos de góndolas lodosas en menos de cinco minutos. Pero los departamentos para millonarios anfibios son apenas un humilde prólogo a las grandes obras que se planean.
La Universidad de Guadalajara pretende levantar en la zona de Los Belenes, en el Periférico norte, un Centro Cultural Universitario que incluirá un auditorio, una megabiblioteca y nuevos edificios para el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades. Todavía no hay demasiados signos de construcción —como no había licencia del municipio, en lugar de primera piedra se puso una escultura que parece a la vez medusa y protozoario. Parece que las obras estarán terminadas por allá de 2010.
Por otra parte, el empresario Jorge Vergara, quien se hizo famoso en el resto del país por comprar a las Chivas de Guadalajara —y por ofender a la mitad del mundo de futbol nacional pagando desplegados burlescos en los diarios cuando su equipo ganaba— ha anunciado la construcción del JVC —Jorge Vergara Center—, en la zona del Periférico oeste, por donde sale la carretera a Nogales. Allí se edificará un nuevo estadio para las Chivas —con forma de volcancito, según los planos—, un hotel de lujo, y una galería de arte. Aunque tampoco hay primera piedra, ya se puso el asta bandera. Y ya se están vendiendo palcos para el estadio, por si alguien quiere ir a sentarse en la hierba para ver partidos imaginarios, porque el JVC lleva tres años detenido, y su fecha de inauguración es apenas tentativa. ¿Quizá 2010?
La Iglesia católica no podía ser menos, sobre todo en la ciudad con mayor número proporcional de seminaristas en el planeta. Como los cristeros convertidos hace poco en santos por Juan Pablo II son jaliscienses, alguien pensó que el Cerro del Tesoro, al sur de la ciudad, sería óptimo para levantarles un Santuario de los Mártires. Se hicieron planes apresurados para un templo con reminiscencias del Coliseo romano, pero sin leones, se pidió dinero prestado y hasta se comenzaron a ofrecer misas en una carpita mientras los albañiles trabajaban. Hoy, los trabajos están detenidos. El dinero se acabó, las donaciones no llegaron y el rector del Santuario se pasa la vida en Europa, en busca de recursos. Cada cierto tiempo, el rector regresa y asegura que todo va celestialmente. Es posible que las obras se terminen en 2010.
Pero el rey de nuestra manada de elefantes blancos es el Museo Guggenheim que será construido en la Barranca de Oblatos, al oriente de la ciudad. La barranca es un admirable escenario natural. Allí vivió la vaca escocesa que escapó del zoológico, y dicen que fue feliz antes de ser recapturada. Allí son arrojados buena parte de los “ejecutados” del narcotráfico, a manera de abono para la vegetación. Allí se ha tirado la basura de los habitantes del rumbo durante los últimos dos mil años.
La Barranca de Oblatos fue propuesta como sede alterna para el MuseoGuggenheim latinoamericano, después de que los juzgados de Río de Janeiro impidieron que el gobierno carioca gastara en el museo lo que no gastaba en sus pobres. Pero a Guadalajara no le afectan esos argumentos sentimentales. ¿Que el puro estudio de factibilidad del museo cuesta dos millones de dólares? El gobierno promete un millón, y los empresarios prometen otro. Es hora que los empresarios no reúnen su parte, pero nadie duda de que lo lograrán y tendremos estudio de factibilidad. Museo quién sabe, porque habrá que reunir sumas vertiginosamente mayores, y porque el gobernador del estado y el presidente Fox no se caen muy bien, y Fox ya anduvo tentando a las autoridades de Nuevo León para que se lleven el museo a Monterrey. Menos mal que a Fox nadie le hace caso. El Guggenheim estará listo, si no se nos acaba el dinero, por allá de 2010.
Algún escéptico dirá que todos estos proyectos están construidos en zonas remotas de la periferia, y no hay vialidad adecuada para llegar a ellos, ni alcantarillado que los resista, ni planes de obra pública para rehabilitar las zonas y poner pavimento bajo las llantas de los miles de automóviles que hipotéticamente llegarán. Que otros se preocupen. En 2010, tendremos tantos y tan notables edificios nuevos, que si no hay modo de llegar a ellos por tierra, alguien planeará una ruta de helicópteros y visitas en paracaídas. Total, para imaginar grandiosidades, tenemos un talento insuperable.

(Este texto fue publicado por Letras Libres).

Perdiendo la cabeza en Irak


I

Cuando televisoras y agencias de información comenzaron a emitir, el pasado 1 de febrero, el retrato de un marine afroamericano presuntamente secuestrado por islamistas radicales en Irak, miles de medios lo reprodujeron al instante. La inercia causada por el centenar de secuestros de extranjeros que se han registrado en el país desde que comenzó la invasión de Estados Unidos justifica —acaso— la ceguera de los editores.
El hombre aparecía en la imagen, difundida originalmente por la página electrónica de un grupo insurgente, con un gesto de curiosa impasibilidad, como si se hubiera soplado las obras completas de Séneca y Boecio antes de ser retratado. Un rifle automático le apuntaba a la cabeza, pero ni siquiera su amenazante cañón lograba arrancarle una mueca a su rostro estoico. Y eso que se encontraba sentado frente a la acostumbrada manta negra con letras en árabe —"No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta", literalmente— que tantas veces se ha visto como utilería de alguna horrible decapitación.
La imagen era acompañada con un texto categórico: “Nuestros héroes mujaidines del Batallón Yijadi lograron capturar al militar estadounidense John Adam después de matar a un número de sus camaradas y de capturar al resto. Dios mediante, lo decapitaremos si nuestros prisioneros, tanto hombres como mujeres, no son liberados en un plazo de 72 horas”.
Seriecito y muy peinado, mister John Adam miraba a la cámara con paz inhumana. En realidad, no tenía motivos para manifestar cólera o temor. ¿Por qué? Porque no era un hombre sino un ejemplar del “Marine Cody”, un muñeco de plástico que reproduce sin demasiadas delicadezas a un infante de marina.
La fábrica del “Marine Cody” intervino para reivindicar al secuestrado como uno de sus monos, y para aclarar de paso que el rifle que le apuntaba a la cabeza era un arma de juguete. Un juguete. Eso era Adam. Un madelman. Un hombre de acción que se podría comprar en cualquier tianguis por 50 pesos —y regalar luego, a escondidas de sus padres, a algún chiquillo con inclinaciones mujaidines.
Con cierto cinismo, los medios que habían alarmado a los compasivos del mundo con la noticia del plagio, comenzaron a difundir una nueva imagen: el revelador empaque de plástico del “Marine Cody”. Ninguno se tomó la molestia de indicar si la manta con letras en árabe va incluída en el precio.

II

Las fotografías de torturas a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, en las afueras de Bagdad, infamaron las portadas de los diarios del planeta hace unos meses. Botas, correas y puños acosaban hombres desnudos y ateridos. Pero un nuevo escándalo carcelario produjo imágenes de muy diferente calaña.
Como sacadas de la imaginación del guionista de la comedia bélica *M*A*S*H, algunas militares del 160 Batallón de la policía militar destacadas en una prisión llamada Campo Bucca, cerca de la frontera con Kuwait, decidieron amenizar su fiesta de despedida de la guerra, en diciembre pasado, luchando en el lodo.
La lucha en el lodo es, como no se ignora, una práctica principalmente femenina. El atuendo apropiado para ejercerla es la ropa interior. A los hombres se les permite, apenas, observar los combates desde una orilla, sudorosos y babeantes.
El rito fue aplicado rigurosamente por chicas y chicos del 160 Batallón, y algún entusiasta decidió inmortalizarlo tomando decenas de fotos —cuando los antropólogos del futuro se pregunten por la característica principal de los homínidos que habitaron Estados Unidos en el siglo XXI, les resultará claro que era la de tomar fotos, fotos de lo que sea, de uno mismo con el pie en el cuello de un preso lloroso, o de una oficial de la policía militar en sostén y calzones ahorcando a una colega.
Por descuido o vanidad, las fotografías de las militares debatiéndose medio desnudas en el barro acabaron en las manos de un integrante del 105 Batallón, quien se apresuró a hacerlas llegar a sus superiores. A los pocos días estaban en las portadas de los muy serios tabloides Daily News y The Sun (el titular del Daily News era por demás elocuente: “Out of control at Camp Crazy!”)
Hasta el momento, sólo la soldado Deanna Allen, de 19 años, ha sido degradada por el incidente. Su capitán no descartó que se produzcan más sanciones, pero también dejó claro que no habría motivo para esperarlas: “No parece que hubiera alcohol de por medio y no hay pruebas que induzcan a pensar en cualquier tipo de mal comportamiento sexual. Además, los presos estaban lejos y no podían verlas”.
Vaya, menos mal. De cualquier modo, no dudemos que el marcial “Marine Cody” se avergonzará de tan lodosas actitudes mientras espera que le corten su cabeza de goma.
(Este texto apareció en Letras Libres).

Paternidad responsable

Para Julia, bebé ejemplar

Peor comenzó el día para Gregor Samsa. Y, sin embargo, despertarse con el llanto de un recién nacido en los tímpanos tiene su cucharadita de hórrida metamorfosis: el propio sueño se convierte en un escarabajo que el bebé aplasta de un resuelto pisotón. Y eso, apenas, en lo que respecta a las horas nocturnas de sueño. Porque al resto de la vida realmente se lo va a cargar el carajo y los sufrimientos de Gregor dejarán de parecer particularmente importantes —ya quisiera uno las seis patas para pagar cuentas y cambiar ropas cubiertas de leche, vómito y crema, y las antenas para atender el teléfono abarrotado de parientes aburridos y amigos que fingen alegrarse.
La primera acción del reincidente paterno, cuando se le notifica que el día llegó, que el cáliz no fue apartado y su nuevo vástago medra ya en la cuna, no es entregarse a la euforia, sino rememorar aquel desatendido folleto sobre la vasectomía y sus diagramas de conductos bloqueados por nuditos, cargados ahora, en su recuerdo, de razones y sabidurías a los que hubiera sido mejor acogerse.
El escalofrío que recorre su quebrantada espalda no es candor y renuncia ante la voluntad divina —sempiterno manantial de insensateces, perinola de arbitrariedades—, sino un sentimiento aciago, indistinguible de aquel que lleva a pronosticar la derrota del equipo preferido y la ve consumarse, mellizo de la sensación de advertir “vamos a chocar” y encontrarse de pronto apresado entre fierros, escarchado de vidrio, con la nariz y muelas convertidos en el contenido de un frasquito de Gerber (y recordar que el seguro se venció hará seis u ocho meses).
No es que uno no ame a sus hijos. No me ocupo aquí de repulsivos progenitores que arrojen a los recién nacidos desde un risco si no se les figuran guerreros espartanos, que los obsequien al basurero o al hospicio o, incluso, que los refrigeren junto a los yogures y las sobras del picadillo. Ni siquiera trato de esos padres lánguidos y ensimismados que recuerdan a sus críos porque los ven en el pasillo de la casa cuando salen de su práctica de yoga (de camino al homeópata o al psicólogo). Me refiero a sujetos corrientes, con tarjeta de nómina bancaria y zapatos de cordones, que se afanan en imponerle a su ánimo el agrado paterno por encima de la taquicardia de las cuentas hospitalarias, la epilepsia de los honorarios médicos, el mal de San Vito de las facturas, insomnios y esfuerzos inadvertidos o meramente desagradecidos por venir.
Uno ama a sus hijos y por ello les desea otro padre. Un padre, por ejemplo, que posea un caderón y refulgente BMW o de perdida una van blanca como la que está a punto de arrasar con toda la familia al salir de la maternidad. Un padre de tolerancia oligofrénica cuyo límite de crédito rebase los apetitos más feroces de un niño que nace con cara de que va a fumar mota, estudiar cine y vivir en la casa hasta bien entrados los 50 años sin “encontrarse” ni ponerse a trabajar. Un hombre más digno de apreciar los consejos babeantes de los conocidos (“Si no te eructa, le echas limón en la boquita hasta que ponga cara de que se asfixia”), y la turbia compasión de las mujeres (“Te ves muy tierno con las canas y las ojeras”).
¿Por qué tener más de un hijo si nuestros conocidos y amigos casados apenas han resistido al primero, y lo han convertido a fuerza de sobreprotecciones y chiqueos en una versión a escala de Kim Il Sung, dictatorial y petulante como sólo pueden serlo los ángeles de Milton o los hijos únicos que estudian en colegios privados? ¿Por qué se siente uno como aquel personaje del poema de Borges, Francisco Narciso de Laprida, cercado y muerto por un destino de hierro que ve cumplirse en forma de “íntimo cuchillo en la garganta”? ¿No pasamos la infancia entera mirando por la televisión, mientras esperábamos ver a Don Gato, los comerciales sobre la planificación familiar, donde prietos rozagantes nos informaban que nada mejor que aguantarse las ganas? (También vimos los comerciales de “Abe, abe, abe, Abelardo/Vamos a cuidar nuestro aguinaldo” y para lo que nos sirvió).
Conviene recordar un poema del tremebundo indio Rabindranath Tagore, en el que un pequeño interpela a su madre: “¿De dónde vine, dónde me encontraste?”. El versito es tan apestoso que, inevitablemente, se acaba por recordar a la madre de don Rabindranath. Pero, ¿y su padre? ¿Aquel indio, seguramente de buena casta, previó alguna vez que su hijo se convertiría en un fantasmón de túnica y turbante que aterraría a Oriente y Occidente, Og y Magog, con poemas vagos, ineptos y sentimentales? Seguramente no pudo anticipar nada; de lo contrario, lo habría sofocado en la cuna con un almohadón.
Un hijo es un boleto a lo ignoto. Se le dará de comer, vestir y leer, se le vacunará y se le cuidarán las gripas e indigestiones. Se resistirán sus noches sin dormir. A cambio, él deberá resistirnos a nosotros, reprocharnos nuestra yoga y homeopatía alienantes, o nuestra simple y dura miseria, nuestras hipocresías e insuficiencias. Seremos incapaces de formarlo y, seamos sinceros, él acabará por cambiarnos más de lo que nosotros lo haremos cambiar.
Por ello cabe reflexionar sobre el padre de don Rabindranath. Y recordar a su madre, faltaba más, de quien nunca se deben olvidar nuestras interjecciones.

(Este texto apareció en Letras Libres).

Preentación del libro Una de balazos

Buenas noches:

Hay innumerables pecados que puede cometer un escritor, como matar un perro a palazos o evadir impuestos. Pero esos pecados tienden a importarnos poco. De los escritores apenas nos preocupan los pecados literarios y estamos dispuestos a perdonarles el canicidio o la defraudación fiscal si a cambio escriben con decoro.

Ya ubicados en tal escala de valores, el peor pecado de un escritor, especialmente de un narrador, es resultar aburrido, soporífero, tedioso. Incluso los errores formales de bulto son maquillados por el encanto. Si lo que leemos nos seduce, nos importa lo suficiente como para proseguir gustosamente la lectura, las formas y los cánones pasan, aceptémoslo, a segundo término.

Pancho Rodríguez ha escrito una novela que, en el sentido que enuncio, no peca en absoluto. O peca de un modo tan divertido que importa menos el pecado que la amenidad.

Una de balazos, el libro que nos ocupa aquí, es —lo juro— la novela más divertida que se ha escrito en este estado en largo tiempo. No sé exactamente cuánto tiempo porque me aburrí tanto leyendo novelas estatales que perdí la cuenta. A despecho de la obra de Arreola y de algunos cuentistas jóvenes como Mariño González, acá presente, no destaca demasiado Jalisco en fechas últimas por la amenidad o humor de sus narradores. Pancho Rodríguez es una notable excepción.

Pancho es director de cine. Toca además el tololoche —o algo muy parecido al tololoche, que mi incultura musical me impide identificar apropiadamente— en Los Bomberos, conjunto que ha amenizado varias de las más alarmantes borracheras de las noches tapatías en los años últimos. Pero Pancho es, además, un escritor.

No digo “un literato” para que el autor no me quiera partir la madre. En el fondo, tengo la impresión de que a nadie le gusta ser definido como “literato”. Es un poco como ser descrito como “taquillero” o “vendedor de muéganos”. Quizá es sólo impresión mía, pero temo que en la literatura hay un escenario destinado a los escritores y otro, más pequeño, sin luces y con las graderías desiertas, donde los literatos perseveran en hacer exégesis intrascendentes sobre el “actante” y el “ello”.

No es tal el caso de Pancho. Él, repito, no es un literato con tres tesis ilegibles sobre la relación de Wittgentein y el tejuino guardadas en un cajón: es un escritor interesado en los personajes y las peripecias, con un concepto estético definido y capacidad para ponerlo en acción.

Es además un prosista muy divertido. Quizá no pueda describirse con precisión por qué. Es cómo explicar los motivos por los que uno se divierte en alguna fiesta en particular. Lo que puede hacerse, como hago, es constatar que uno se divirtió. Leí dos veces Una de balazos. No dejé de reírme en ninguna de las dos ocasiones.

Hay buenos motivos para hacerlo. Aparecen en el libro, por ejemplo, una serie de grotescos héroes del cine nacional que se entregan a filmar basura con fanatismo absoluto. Hay lo mismo un gaffer cocainómano que una maquillista de ligerísimos cascos, una estrellita juvenil que se prostituye para llegar a ser productora, un director con un gran futuro (pero en su pasado) y un productor acosado, a la Dickens, por los fantasmas del cine mexicano de ayer, hoy y mañana.

También hay, por supuesto, posibles reparos. No hay libro perfecto y yo no postulo que este lo sea. En ocasiones, la prosa de Una de balazos es irregular y transita sin sonrojo de episodios irónicos y certeros, de admirable construcción, al peor kitsch, el que recurre con resignación al refranero popular y al topicazo de comedia televisiva.

Estorba también, quizá, un cierto tufo a “rencor de clase” destinado a lo que se considera “alta cultura”, y en cuya difusión se pierden unas buenas docenas de páginas. Desde luego que interesa el debate sobre si el arte debe ser elitista o popular o ninguna de ambas cosas, pero no estoy seguro que esa afanosa discusión haga más legible una novela.

No se entienda, de ningún modo, que en este libro hay paja. No la hay. Incluso cuando es cuestionable, la prosa y la narrativa de Pancho son interesantes y tienden a la economía y la efectividad.

Finalmente, cabe señalar que nada de lo que he dicho tiene que parecerles la Biblia, pero confío en poder convencerlos de que me apego a la verdad y no trato de lanzarle cebollazas a Pancho, a quien voy conociendo en esta mesa y esta noche.

Yo soy, apenas, uno de tantos escritores esnobs a los que Jobías Anaya, el guionista que protagoniza Una de balazos, repudia. Incluso colaboro frecuentemente en Letras Libres, revista que, al contrario de lo que piensan los staffers aficionados a la trova del libro, nunca ha publicado ni publicará la reseña de un disco de Silvio Rodríguez.

Por si fuera poco, no me gusta el cine o al menos no más que los libros. Tengo la impresión de que el cine es eso que pasa en la tele en medio de los bloques de comerciales. Y tengo una confesión todavía peor: no me gusta la música arrabalera y me temo que he seguido las hazañas de Los Bomberos nada más por las crónicas de mis amigos.

No puedo ser, lo comprenderán, acusado de “darle la suave” al autor. Así, pues, háganme caso, aunque sea nada más que por sincero: Una de balazos, por encima de mis gustos o disgustos personales, es un libro repleto de humor e inteligencia, con momentos formidables, que presenta a un tipo que fácilmente podrá seguir entre los más divertidos narradores de estas tierras flacas si le da por ahí.

Así que, por favor, escuchen ahora lo que va a decir Pancho, luego levántense de sus sillas y háganse el favor de comprar su libro y llévenselo a que se los firme. Si le compramos suficientes quizá podamos convencerlo de que escriba otro, cosa que francamente se antoja luego del primero.

Gracias.

(Este texto fue leído como presentación del libro Una de balazos, de Pancho Rodríguez, editado por Tierra Adentro)

El mejor Javier Cercas

No es fácil hacer olvidar un buen libro. Es mayor el número de autores sofocados o anulados por un título memorable en su pasado que los capaces de superarlo con uno mejor. Caso emblemático de lo primero es el de Malcolm Lowry, con Bajo el volcán; ejemplo contrario es, más claro que ninguno, el de Shakespeare, de perfección casi infalible a lo largo de su obra.
El novelista español Javier Cercas fue exaltado a figura mediática con la publicación de Soldados de Salamina en 2001, libro un tanto complejo y otro tanto sentimental que narra la historia de un escritor fascista en la guerra civil española (un escritor real: Rafael Sánchez Mazas) que salva la vida gracias a la piedad de un muchacho republicano que vale más que él y que terminará por ser un humilde héroe desconocido, salvador real de un mundo puesto de cabeza por los tipos como el escritor, pretendidos redentores. Salvo por algunos reparos formales de su colega Javier Marías, la crítica fue unánime en el elogio de Cercas, y las ventas refrendaron el dictamen favorable de las críticas, convirtiendo al autor en uno de los imprescindibles del idioma a principios de siglo a decir de editores y reseñistas.
Cercas, que antes de Soldados de Salamina era un autor discreto, casi desconocido fuera de Barcelona, su lugar de residencia, cimentó aquella novela en un personaje que, como él, era un escritor de medio pelo. En su nuevo libro, el primero después de la ola triunfal del anterior, retoma el artificio pero lo convierte en una apuesta arriesgada y, felizmente, ganadora.
La velocidad de la luz narra la historia de un joven escritor catalán que viaja (como hizo Cercas en sus propios años mozos) a trabajar en una universidad estadunidense. Allí conoce a Rodney Falk, estudioso de la lengua castellana y veterano de Vietnam, criatura de la estirpe de los freaks sensibles de Salinger que alterna una aparente dureza de roca en su trato con un corazón de pollo. El español y Falk se hacen amigos, se narran algunos pasajes de sus vidas, discuten sobre literatura. Un día, Falk se esfuma y el escritor se afana en dar con su paradero, logrando encontrar varias de las piezas faltantes en el pasado del esquivo ex militar.
De regreso a su patria, el escritor hace una larga carrera gris (como el propio Cercas), hasta que escribe un libro sobre la guerra civil que se convierte en un éxito clamoroso (sí, como sucedió con Cercas), y se ve arrastrado a un torbellino de acontecimientos que acaban por llevarlo al colapso. Y entonces reaparece Falk, con sus propios colapsos y fantasmas, como un símbolo de redención o perdición para su amigo.
Con La velocidad de la luz, Javier Cercas hace algo mejor que superar su exitosa novela previa: construye un mundo ficticio pleno e interesantísimo —con injertos de realidad que no parecen pegotes—, se afirma como uno de los principales narradores contemporáneos en español, y reflexiona sobre la narrativa con una profundidad que no alcanzan ninguno de los sentenciosos teóricos incapaces de contar una historia.

La velocidad de la luz
Tusquets, 2005

De fronteras y ratones

Speedy González nunca ha dicho, que se sepa: “Esta no es frontera sino que es cicatriz” (1). Ha dicho, eso sí: “¡Yepa, yepa, yepa, ándale, ándale, arriba, arriba!”, pero una frase tan hermética apenas permite entrever su condición de símbolo de la mexicanidad en conflicto —en conflicto con lo mismo que ha estado en conflicto la mexicanidad desde que es mexicanidad: con Estados Unidos.
La caricatura de la empresa Warner Brothers (que salió al aire por vez primera en 1953) es de una simplonería asombrosa. Con todo, ha sido motivo en tiempos recientes de una crispada polémica cultural, que comenzó cuando la cadena infantil Cartoon Network decidió sacarla de su programación, con el argumento de que el ratón “representaba un estereotipo ofensivo de los mexicanos, además de ser un mal ejemplo para los niños, porque sus amigos fuman y beben". Para reforzar su postura, Cartoon Network mostró algunas cartas de televidentes hispanos, que se quejaban de la difusión del programa (tal como reseñó The New York Times, en un artículo titulado “Adiós Speedy, pero no tan rápido”). Sin embargo, y esto es quizá lo más típicamente mexicano del asunto (¿Con que quieren quitar a Speedy González? Pos que chinguen a su puta madre), las organizaciones hispanas reaccionaron exigiendo la reposición al aire del personaje, por medio de una campaña coordinada por el sitio de Internet HispanicOnLine. A fin de cuentas, estereotipo o no, Speedy lograba en su programa lo que pocos mexicanos en la realidad: enfrentarse con éxito al “gato gringo”, bailárselo, quitarle el queso y decirle encima: “Estúuuuuuuuuuupido gato gringo”.
De que el ratón es estereotípico no cabe duda. ¿Pero nos da motivos para llamarnos a la ofensa o, en otro sentido, para enorgullecernos por nuestros “hechos diferenciales”? Speedy es el arquetipo platónico del mexicano, según lo concibe un estadounidense: una cruza del buen salvaje roussoniano con el fucking greaser de la locución texana. De entrada, posee un elemento de parodia francamente burdo: como en la imaginación popular estadunidense los mexicanos son perezosos y duermen perennemente recargados en un nopal, a alguien le pareció divertido imaginarse a un mexicano hiperactivo, correlón inalcanzable, que no pierda, eso sí, su piel color lodo, su bigotito de cantante de bolero romántico, su pancita, su sombrero inmenso y su calzón de manta blanca.
La novia de Speedy es una proto Salma Hayek llamada Rosita (2), quien en un alarde de confusión simbólica, viste mantilla española y usa peineta –aunque en versiones tardías de la caricatura, gasta trenzas de indita y llega a vestirse como diputada oaxaqueña del PRI. Ambos viven en un reseco pueblo fronterizo entre México y Estados Unidos, llamado a veces San Pancho, a veces San Juan y a veces San Ratoncito —lo que más bien parece una concesión del doblaje a la ñoñería. El pueblo es un destartalado caserío instalado en mitad de un desierto, que cuenta con una plaza de toros del tamaño de la gran pirámide de Egipto y decenas de cactus y nopales, que crecen incluso en el centro de las calles. Los ratones son morenos, panzones, lánguidos –todos menos Speedy, quien siempre parece encontrarse bajo el influjo de un estimulante fortísimo- y son además muy pobres, pero se les ve satisfechos. Van a las corridas de toros, beben aguardiente y fuman, lanzan sus sombreros al aire cuando los alcanza la euforia, cantan canciones rancheras, comen queso con tortillas y carne con chili, y serían completamente felices si en el horizonte no apareciera la otredad (3) del “gato gringo”.
Porque del otro lado de la frontera, y a veces en el propio San Pancho —o San Juan o San Ratoncito— vive el enemigo mortal de Speedy: el voraz “gato gringo” Silvestre, quien amenaza a los ratones con maldades que van desde la eliminación física al desabasto de queso, tortillas y carne con chili.
La gracia de la caricatura, si la tiene, consiste en observar cómo la velocidad y la astucia de Speedy le permiten burlar al felino o lograr su vergonzosa retirada. No es raro que Silvestre sufra de ciclópeos enchilamientos, luego de dar un bocado a algún humeante y tétrico platillo mexicano. Y en alguna recordada ocasión, incluso, es víctima del primo Lento Rodríguez, un ratón flaco y abúlico con pinta de mariguano, a quien el normalmente burlado Silvestre alcanza en dos zancadas. Aterrados, el resto de los ratones voltean hacia Speedy. “¿Por qué Lento Rodríguez no huye del gato?”, le preguntan. Speedy sonríe con brillante dentadura de líder sindical. “Porque Lento Rodríguez carga pistola”. En ese momento, el fogonazo de un pistolón chamusca la entera cabeza del “gato gringo” (4).
Ahí, en Lento Rodríguez, está la oculta clave del asunto. Si nos alarma la acción bárbara de dispararle a la cabeza a Silvestre, pues nos ofenderemos. Si, en cambio, nos parece que Lento Rodríguez es un chingón y que ya era hora de que alguien le parara las patas al “gato gringo”, nos ganará el orgullo. A riesgo de tener que explicarlo en otro texto tan gratuito como éste, me temo que en México, los partidarios de Lento Rodríguez son más y triunfarán.


(1) Esto lo dijo el novelista Carlos Fuentes, quien durante muchos años fue una suerte de Speedy González intelectual.
(2) Manolo Muñoz, en su recordada y apestosa canción sobre el roedor, atribuía a la malquerencia de Rosita una inverosímil depresión de Speedy, melancólico hasta la embriaguez: “…ha bebido muchos tragos/porque Rosita lo dejó…”.
(3) Término de prestigio indudable entre sociólogos, literatos con veleidades sociológicas y postfilósofos, tan feo que pronto pasará al argot común de los analistas políticos.
(4) En una versión ligeramente menos violenta, pero incluso más terrible, el sketch se repite con una variante: “¿Por qué Lento Rodríguez no huye del gato? Porque Lento Rodríguez es hipnotista”. Los ojos de Lento crecen desmesuradamente, hasta llenar el cuadro, y Silvestre, inane, queda esclavizado a su voluntad.

(Este texto apareció en el primer número de la revista Picnic).

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domingo

Sahagún, como Rabindranath

Durante años, no hubo en Guadalajara un dependiente de banco que pudiera escribir correctamente el apellido de mi familia materna, ni una secretaria de escuela capaz de comprenderlo. Durante años fuimos adiestrados en la casa para el rápido deletreo: S-A-H-A-G-Ú-N (dicho como cantaleta: ese-a-hache-a-ge-u con acento-ene). Los resultados de esa campaña permanente de comunicación fueron más que modestos. En el Colegio Cervantes, mis hermanos y yo fuimos no pocas veces nombrados, premiados o castigados como unos meros Sahún. Para el recibo telefónico, mi abuelo era Manuel Sagín; para el de la energía eléctrica, Manuel Safrajín. Para el del gas era, de plano, Manuel Lechuga. Los cobradores del gas no sólo no le entendieron nunca el apellido, sino que le vieron algún parecido —inexistente— con el cómico de Ensalada de locos.
La conversación de la familia incluía siempre anécdotas sobre las nuevas mutaciones a las que el apellido se había visto sometido por los malentendidos nativos: “¿Puedes creer que en la credencial del boliche soy Zaguán?”, “¿Te parece justo que para Gobernación sea yo San Gún?”. Ni por el arduo trabajo misionero de Fray Bernardino, ni por las hipotéticas bellezas de Ciudad Sahagún (a donde nunca ha ido uno de nosotros), el país se había enterado de cómo escribir la palabra.
Manuel Sahagún, mi abuelo, llegó a México en 1948, con mujer y dos hijos. Había sido republicano en la Guerra Civil y acabó, como miles de españoles más, por hacer vida lo más lejos posible de Franco. Nació en un pueblo llamado Villafranca de los Caballeros, en la provincia de Toledo, pero nada tenía que ver con el arquetipo del manchego bruto. Era profesor, dibujaba con notable gracia y leía a Unamuno, Azorín, Baroja. Se conserva todavía en casa su ejemplar de Los héroes, de Carlyle, comentado en los márgenes por su puño. Nunca frecuentó los círculos intelectuales, pero tenía una cultura sólida y muchos libros en casa.
La primera señal de que algo iba a cambiar en la percepción sobre nuestro apellido fue el encabezado de un diario amarillista, entrevisto por mi madre desde la ventanilla de un autobús que cruzaba Michoacán, de camino al DF. “Sahagún, acorralado”, decía. Se precipitó a adquirir el ejemplar, no se sabe bien si por la angustia de que uno de su sangre se encontrara en comprometida situación o por el gusto de ver su apellido escrito correctamente en letras bold de 110 puntos (el acorralado, cabe aclarar, no era pariente nuestro. Se llamaba Francisco Sahagún Vaca, y fue mandamás de la Dirección para la Prevención de la Delincuencia en los tiempos del inolvidable Arturo el Negro Durazo).
El segundo síntoma fue más alarmante. “Hay una señora Sahagún que es la vocera del gobernador de Guanajuato”, informó mi madre un día, como en 1999. Tampoco esta mujer era pariente nuestra —nuestra rama es tan escasa en nacimientos que todos los Sahagún descendientes del desembarco de 1948 cabemos en un Volkswagen—. Eso no impidió que mi madre y tía votaran por el gobernador de Guanajuato cuando se postuló para presidente “por hacerle el favor a la parienta”. Sus votos fueron, quizá, los únicos que Marta Sahagún puede atribuirse haber aportado a la campaña de Vicente Fox, además del propio.
Con la llegada a Los Pinos, pero sobre todo con su boda con el presidente, doña Marta consiguió algo extraordinario: que la gente, al recordarla, pudiera escribir mi apellido materno sin recurrir a la equis o a la zeta —también provocó un efecto colateral nefasto: nos hizo sospechosos de cercanía con el poder o, peor aún, de connivencia con las decisiones presidenciales—. Más de alguna vecina piensa que mi madre alberga toallas diseñadas por Karl Lagerfeld de diez mil bolas en el baño de la casa que alquila.
Sin embargo, las opiniones familiares se mantuvieron en la ambigüedad durante mucho tiempo —especialmente entre la generación mayor, porque entre los jóvenes la popularidad de la tía Marta nunca fue notable—. Pero todo se derrumbó hace unas semanas: la primera dama, con todo y su letrado apellido —por lo que a nosotros toca, al menos— tuvo el desliz de confundir el nombre y género del poeta indio (y premio Nobel) Rabindranath Tagore al intentar citarlo en un discurso y lo convirtió en una misteriosa Rabina Grand Tagora. Eso es intolerable. ¿Nosotros, que sufrimos durante años la tiranía ortográfica del desconocimiento, seremos los primeros en escribir mal el nombre ajeno? ¿Acaso se piensa la primera dama que don Rabindanath, en caso de que viviera aún, no pondría todo el empeño de su turbante y sus barbazas en pronunciar Sahagún en toda su belleza manchega y sánscrita?
Ni siquiera yo —que crecí en el odio a don Rabindranath por culpa de un padre efusivamente aficionado a regalar sus poemas en vez de regalar juguetes— apoyo el desliz: el nombre ajeno hay que decirlo bien, aunque duela. No, doña Marta, le agradecemos mucho que lograra que los recibos por fin lleguen bien escritos, pero nunca más diremos “Sahagún, como Marta”. Ahora diremos todos, desde lo alto de nuestra ira: “Sahagún, con hache de Rabindranath”. Y si usted persiste en el error, nos cambiaremos el nombre a Lechuga. Total.

(Este texto apareció en el número de enero de 2006, en la revista Letras Libres).

Ursúa

Carlos Fuentes asegura que el problema del mexicano es vivir deslumbrado por Estados Unidos. Guillermo Sheridan, por el contrario, sostiene que el mal es el ensimismamiento nacional, el mexicanismo hermético que sólo se mira el ombligo. En cualquier caso, y pese a algunas excepciones, no se sabe suficiente entre nosotros de varios de los mejores escritores del idioma nacidos más allá de nuestras fronteras. Conviene romper con esa costumbre.
Quizá el caso más patente de esta falta de conocimiento general (aunque hay otros y no son menores) es el del colombiano William Ospina, una de las figuras indispensables en las actuales letras sudamericanas. Brillante poeta, erudito y polémico ensayista, sólido traductor y ahora también narrador, Ospina es un notorio caso de talento subvaluado más allá de su propio país. No hay muchos de entre quienes escriben en castellano hoy día que sean capaces de parangonarse con él en cuanto a estilo, pero va uno a las librerías mexicanas y encuentra apenas uno o dos títulos de su autoría, si es que alguno.
El más reciente título de Ospina, su primera incursión en la novela, podría romper con tan desafortunada situación. Ursúa, ficción sobre los mitos y la era de la Conquista de América (publicada en Colombia por Alfaguara), parece el vehículo perfecto para que nos enteremos, finalmente, de quién rayos es William Ospina.
El texto narra las aventuras y desventuras de un sangriento conquistador mediante un interminable caudal de recursos narrativos y un lenguaje espléndido, nutrido lo mismo por americanismos que por casticismos peninsulares. Es también Ursúa una reflexión continua, y precisa, sobre los contradictorios significados de la Conquista, una mirada a la esencia misma de América Latina y sus habitantes.
García Márquez lo consideró “el libro del año” en Colombia. Más allá de la palmada consagratoria, Ursúa es un volumen que puede representar un punto de inflexión en la narrativa hispanoamericana contemporánea, como lo fueron en su momento La virgen de los sicarios (del también colombiano Fernando Vallejo) o Los detectives salvajes (del chileno Roberto Bolaño).
Es de esperarse que su sello editorial se haga un favor (y se lo haga a sus lectores) y edite en nuestro país el libro. Por lo pronto, ustedes encárguenlo si pueden a quien tenga que viajar, por cualquier motivo, a Colombia. Aunque sea a un tío narco.

miércoles

Contra Dios y los suyos

Enésima negación de Nietszche, pero ahora desde el campo de los ateos. Dios no sólo no ha muerto (ni se esconde en Argentina, como quería el chiste de Luis Guillermo Piazza) sino que parece dominar el debate contemporáneo. Por un lado, el islamismo radical, con su discurso totalizador y antiliberal. Por otro, el cristianismo, en apariencia más dócil, pero en el fondo listo para entrometerse en todas las esperas de la vida pública y torcer los caminos hacia sus intereses. Al menos eso arguye el nuevo negador de la divinidad, el humanista francés Michel Onfray en su libro Tratado de ateología (editado en la colección Argumentos, del sello Anagrama), un elegante alegato en contra del trascendentalismo espiritual y en favor de la razón.
Onfray no se anda por las ramas y comienza por definir su ateísmo: no cree que haya que burlarse del fiel ni reprocharle su credulidad. Cada quien puede creer lo que quiera, reconoce. El odio se lo destina a quien manipula la fe, a quien establece códigos y normas con las que somete a los creyentes y hostiga a los fieles rivales o a los incrédulos. Onfay expone ejemplos históricos y contemporáneos de desastrosas intervenciones de los sacerdotes y los cultos organizados en la vida pública, así como en la educación, la economía, la vida sexual y hasta en la cultura. Y concluye que en los cultos religiosos hay algo esencialmente fascista: el concepto de movilización total, la partición del mundo en buenos y malos y la predisposición al machismo heroico, la misoginia y la intolerancia.
Fascismo de zorros y fascismo de leones, dice Onfray, refiriéndose al cristianismo y al islamismo. Y propone un ateísmo “positivo”, que no sólo no se limite a emprenderla contra los dioses, sino que se dedique a exaltar el bienestar del cuerpo humano, única realidad palpable e incontrovertible.
Los editores han hecho bien en destacar las propuestas polémicas de Onfray que, después de todo, pueden atraer a los muchos y furibundos enemigos de la religión a sus páginas. Lo que no han alcanzado a transmitir (y que puede percibirse fácilmente al leer el volumen) es su correspondencia estética con la literatura de las Luces (de la que directamente procede su ideología). La prosa hábil, lúcida y regañona de Onfay no es indigna de Voltaire en sus ironías, aspavientos y diatribas, lo que es un mérito mayor en estos días de tedio posmodernista y de “todo se vale”.
Como un buen moralista francés, el autor del Tratado de ateología consigue transmitir su mensaje con buenas hechuras prosísticas y buen humor, dejando en segundo término el aparato de notas que tanto obsesiona a los académicos. Ningún creyente ofendido ha propuesto todavía quemar este libro o a su autor: otra de las innumerables ventajas de la letras impresa sobre las caricaturas...
Seguidor del pensamiento libre de Diógenes y detractor a ultranza de la academia moderna, Onfray es cofundador de la Universidad Popular de Caen, en Francia, donde los alumnos discuten mientras se pasean y se dedican a la filosofía (con especialidad en el pensamiento anarco), la gastronomía y el arte.

martes

Tribilín considerado como Mesías

El ritual se celebraba el sábado por la tarde. Sería 1982. El templo, siempre vacío, era la Librería de Cristal, entonces localizada en avenida Vallarta a una cuadra o poco más de Américas. Había, apenas, un estacionamiento para tres autos, uno de los cuales era siempre un Falcon azul destartalado con vestiduras de falsa piel. Los sacerdotes eran empleados lánguidos que nunca le preguntaron a nadie qué deseaba ni si podían serle útiles. Y el icono al que se le rendía culto era un Tribilín de dos metros con la cara blanca, la ropa roja y unos zapatones negros que se antojaba pisotear.
Tribilín era un tótem, un símbolo de la principal zona reservada para libros infantiles de la ciudad. A sus pies, el mundo: Ásterix, Tin Tin, biografías ilustradas de Alejandro Magno o César, los Grimm, Andersen, las fábulas de Esopo en traducciones ripiosas.
El elenco de títulos parecía inagotable, pero debía de ser modesto. Seguramente no cambió en años. Los padres, que se entretenían en los lejanos y solemnes estantes de salud o política, decían cosas como "Esconde el libro para que luego vengamos por él" y no lo compraban. Y uno escondía el libro y el siguiente sábado seguía allí, Ásterix y los Normandos detrás de una antología de rondas infantiles sin chiste. No importaba. Con generosidad perenne, Tribilín extendía sus manotas, como bendiciendo, y uno volvía a leer los mismos volúmenes.
Pasó el tiempo. La Librería de Cristal se mudó a López Cotilla, los libros acabaron rematados a precios ridículos y Tribilín fue olvidado en una bodega o arrojado a la basura por herejes sin entrañas.
Hoy, más de veinte años después, el ritual pervive en otros lugares. Los templos están un tanto más concurridos y los sacerdotes son impertinentes de tan serviciales. La mañana del sábado, algunas decenas de niños se apoltronan en el sótano de la librería Gandhi o en el rellano alfombrado de la Joseluisa del FCE, por ejemplo, para leer.
Los clásicos ilustrados están prácticamente extintos. A pocos se les ocurriría venderles una biografía de Alejandro Magno a los críos hoy día. Hay cuentitos que enseñan a vestirse, a comer con la boca cerrada, a lavarse, a evacuar con dignidad e higiene e incluso a respetar a los padres —que pueden llegar a resultar muy útiles para domar a los propios hijos. A veces, también hay cuentacuentos, payasitos sin maquillaje que entretienen a los presentes. Por la fila de la caja puede deducirse que ahora los padres sí compran los libros y nadie tiene que esconderlos en espera de improbables adquisiciones posteriores.
Tribilín ya no está entre nosotros. Como todo un Mesías, se sacrificó al futuro y obtuvo su victoria: la multiplicación de los espacios de libros infantiles y la supervivencia de la misteriosa y legendaria secta de los niños que leen.

Patos, pontifices y comunistas

Infalibles en el error, los cuentistas jóvenes suelen manifestar dos intereses primordiales.
El primero, atribuible a la edad y las pocas lecturas acumuladas (valga decir, al apresuramiento en publicar y la arrogante ignorancia), es que sus relatos sean vertedero de lo que reputan como "su mundo". No nos son escatimadas en ellos descripciones de bares frecuentados, no se nos perdona la invocación a la jerga de cierta colonia vecina o la mención reverente de canciones y películas preferidas. La realidad narrativa, en el intento de ser coherente con la —presunta— del autor, acaba por perder toda verosimilitud. Y, desde luego, todo interés.
El segundo, más literario pero igualmente repudiable, es la torpe voluntad de repetir en los propios cuentos los de autores admirados. Se escribe con solemnidad, por ejemplo, sobre el campo y la provincia, aunque uno sólo conozca a las vacas bajo la digna presentación de filete (y luego se describe a una chica con los mismos adjetivos que a la vaca). Se repiten, mal, los modos y temáticas que otros esgrimieron bien. Así, es posible descubrir onetitos, rulfitos, cortazaritos, borgesitos y hasta lovecraftitos con mayores o menores habilidades, pero despojados de nada que pueda pasar por estilo propio. Y cuando se identifica la escritura con la imitación de tics ajenos, el único resultado es la indigencia literaria.
Vietnam, el debut narrativo de Mariño González (Guadalajara, 1977), elude uno y otro mal. Camina de espaldas, como en un mundo paralelo, a las convenciones juveniles de lo que merece ser contado, y refiere con una prosa tersa, de satírica corrección, toda clase de desfiguros lógicos: el Papa Urbano muere y se encuentra con que Dios es una colegiala ávida de mimos; un pato, hijo de un pez, investiga un homicidio mientras se queja de sus extremidades palmípedas, que le impiden escribir; un artista hace desaparecer con el pincel a su mecenas, un alcalde megalómano; por venganza, una bailarina y un periodista encabezan una violenta banda de secuestradores; un poeta rural se enamora de un marranito y enfrenta la incomprensión que lo rodea con enterezas de enamorado isabelino; unos trabajadores de periódico devienen feroces comunistas en el inútil intento de cobrar lo que les deben…
Veloces, brillantes, siempre entretenidos y siempre estéticos, los relatos de Vietnam poseen a la vez la imaginación y el realismo evocativo de las mejores caricaturas. Recuerdan lo mismo el humor negro de Vian o Gómez de la Serna que el de Groucho Marx, y no les resulta ajena la estética de dibujantes acerbos y malsanos como Tex Avery o Robert Crumb. Pero más allá de estas referencias, su virtud es ser ellos mismos, resultar arriesgados, inconfundibles y eficientes en un medio donde predominan la timidez, el epigonismo y el adocenamiento. Como sus personajes, irredimibles, murmuradores y anarquistas, Mariño González practica el mejor tipo de subversión: el de la inteligencia y la ironía.


Vietnam
Mariño González
Arlequín-CUCSH, 2005

Novela

Pronto, en las librerías, El buscador de cabezas.
Yujú.

sábado

Preceptiva II

Lo más sincero que se me ocurre decir sobre las modas y tendencias, e incluso las escuelas y capillas literarias, es que no me interesan en lo absoluto, sencillamente porque funcionan como contendores y agrupadores colectivos de una práctica personal e intransferible.
La literatura la hacen individuos distintos y distinguibles. Ni siquiera los hermanitos Machado guardaban demasiadas semejanzas entre sí. Entiendo, por tanto, que se trata solamente de una facilismo crítico –el mismo que ayuda a un biólogo a estudiar bacterias o gonococos– el que ha propiciado el estudio o la comprensión de la literatura bajo el papel pautado de las colectividades, modas, tendencias y escuelas.


Jorge Ibargüengoitia narraba el estupor que le provocó el profesor español Díaz-Plaja cuando, en una conferencia, dividió la historia de las letras universales en dos tipos de temperamento, clásico y romántico, que acomodaba alternativamente en una tablita esbozada en un pizarrón. La literatura nace clásica en Grecia y Roma, decía Díaz Plaja, se vuelve romántica en la Edad Media, vuelve a ser clásica en el Renacimiento y a partir de allí se turnan de modo sucesivo ambos temperamentos el dominio absoluto del escenario en periodos cada vez más breves. Este método, que por otra parte es completamente imbécil, sirve para que un alumno de secundaria consiga perorar sobre cualquier autor durante quince minutos con sólo unos pocos datos esenciales de la época en que vivió. Desde luego, las peculiaridades de tono, intención, procedimientos y vocabulario de cada escritor desaparecen bajo este tipo de consideraciones. Es decir, se prescinde de la literatura para intentar explicarla.


También se ha pretendido agrupar con razones extraliterarias y por los motivos más necios o artificiales a escritores inasimilables. Se habla a cada momento de literaturas nacionales e incluso regionales, como si los individuos de cierta nacionalidad o etnia presentaran forzosamente características comunes –y aunque así fuera, hay que notar que el escritor debe tender hacia la peculiaridad y no hacia el adocenamiento. Se amalgama en generaciones, géneros, o incluso costumbres venéreas. Se nos habla de una prosa femenina, una oda germánica o un relato norteño, y se termina a fuerza de precisiones por no decir nada. Porque el acierto literario, cuando existe, es agenérico, asexual y apátrida. Pertenece en exclusiva al acomodo artificial de palabras logrado por un individuo, y no es compartible por los demás salvo en la decente posición de lector. Reputar a Hamlet u Otello como productos del genio de los británicos equivale a declararse ganador de los campeonatos de futbol de Alemania si uno simpatiza con su equipo.


Si tan sólo fuera una ceguera propia de profesores holgazanes, de académicos que confunden las letras con un censo de ganado, quizá resultaría inocuo e incluso pintoresco el afán de agrupar lo inagrupable y aplicar criterios generales a lo particular. Lo preocupante, lo finalmente nocivo, es que numerosos aspirantes a escritor, o incluso algunos figurones de premio y obras completas se aplican y le aplican a sus colegas un razonamiento colectivista similar.


Así, menudean los poetastros que se autocoronan como “vanguardistas”, pomposo calificativo que en rigor sólo debería ser aplicado por un magistrado externo, en posición de juzgar si el orate en cuestión ha conseguido en verdad producir alguna novedad literaria, o simplemente encabeza su particular carrera hacia ninguna parte.


Por lo general, desconfío como lector de todo aquel que se coloca una etiqueta, o pronuncia frases del tipo de “los tiempos modernos necesitan una estética moderna”, o “es que los jóvenes escribimos así” o incluso el sensacional “eso ya está superado”.


Parece que un rasgo indispensable para entusiasmarse con las modas o tendencias literarias –es decir, con la boga, con lo deliberadamente efímero- es la falta de decoro. No conozco descalificación más improcedente que la que se lanza contra lo “viejo”, “superado” o “pasado de moda”. No porque las letras estén anquilosadas y se les deba conservar como un cacharro sagrado y a la vez soporífero, sino porque su vitalidad es tal, que malamente puede darse por muertos a Jenofonte, Catulo, Quevedo, La Rochefoucauld, porque sus libros no son tumbas, y se mantienen en pleno esplendor para los potenciales lectores. Y se les lee no como homenaje a modas pasadas, ni como visita al museo de las estéticas caducas, sino como a estilistas tan capaces o más capaces que cualquiera de proporcionarnos placer y conmover nuestra inteligencia.


Las escuelas literarias, los “ismos” que tanta nostalgia causan entre sus llorosos deudos, solían comenzar su programa de actividades publicando un manifiesto en el que vindicaban uno o dos procedimientos literarios (la metáfora, el absurdo, la yuxtaposición de ambos) a costa de los demás como motor exclusivo de sus textos. Sus firmantes, siempre he pensado, lograban convertir esa firme elección de principios en una modesta renuncia. Publicar un manifiesto literario equivale a firmar una declaración de insuficiencia literaria, equivale a decir, por ejemplo: “Vindico el lenguaje coloquial y callejero y juro solemnemente no utilizar palabra alguna que se consigne en un diccionario. Renuncio a la épica, a la ironía, a la tragedia y hasta a los calembours, y me apegaré en adelante sólo a las pequeñas pero tranquilizadoras posibilidades de mi programa. Alea jacta est!”.


No parece existir impedimento mayor para la inteligencia que la pertenencia voluntaria a un credo. Y si ese credo no alcanza siquiera las esferas de lo sagrado, lo ultraterreno, o al menos lo celestial, sino que se conforma con regir consonantes y conjugaciones, su profesión resulta todavía más misteriosa, como un autismo autoinfligido.


No hace falta ser muy perspicaz para descubrir que el interés literario de quien celebra las modas y las tendencias en la literatura es mínimo. Le importan los pelucones talqueados de Voltaire y Diderot, lo seducen las visitas al cementerio de Byron y Shelley, lo entusiasman hasta el paroxismo las sobredodis de Antonin Artaud y parece concederle suma importancia a sus hambres y sus piojos. Ni duda cabe que más que la prosa reiterativa de Bukowski, lo que le interesa es la amibiasis y el papiloma sufrido por sus amantes. No un lector, sino un coleccionista de anécdotas y trivias, un imitador de bufandas pretéritas y, en el mejor de los casos, un escenificador de pecados ajenos: eso es el entusiasta de las modas literarias.


Atribuirles a esas pasarelas de ingenuidad las renovaciones ocasionales o la misma evolución de la literatura es una farsa. Las letras no han avanzado notoriamente desde el año mil antes de Cristo, sino que se continúan produciendo con peculiaridades y diferencias, pero también con una esencia inalterable. La historia de la literatura no es la de innumerables y recalcitrantes grupos de iluminados, sino la de unos pocos individuos solitarios, coléricos, perplejos, sonrientes y a veces despreciables, generalmente sin comunicación unos con otros, que no han dejado un mensaje cifrado para futuras generaciones en sus libros, sino que han obtenido belleza estética y estimulado la inteligencia por medio de ellos.


Ya Schopenhauer recomendó la conveniencia de pensar tanto como se lee, pero de pensar sin las muletas de la colectividad, y declaró que nuestros contemporáneos no son meramente quienes usan unas ropas y frecuentan unos hábitos similares a los nuestros, sino aquellos hombres, de cualquier época, hacia los cuales se inclinan nuestras afinidades, y a quienes nuestra inteligencia reconoce como amigos.


Finalmente, Arquíloco de Paros o Safo no fueron producto de un taller literario, nunca ganaron becas del Conaculta griego, ni fueron alabados desde las páginas satinadas de The New York Review of Books. Pero de ambos seguimos hablando dos mil quinientos años después, y de cada uno de sus escasos fragmentos se han escrito caudalosos tratados. Este sólo hecho, el que dos personajes que son menos que polvo hace milenios hayan poseído y sigan poseyendo mayor interés que la casi totalidad de escritores vivos , debería disuadir de su entusiasmo a esos entusiastas de las tendencias y modas literarias que, en mayor o menor medida, somos todos nosotros.

jueves

Esbozo de preceptiva

La literatura debe ser divertida de leer o no tiene el menor sentido leerla. Si resulta más atractiva cualquier otra actividad, incluida la resignada escucha de los balidos de Julio Iglesias, antes que leer, cosa a la que algunos libros facilones o farragosos casi nos invita, pues que nadie lea y se acabó. Pontifico sobre la diversión que pueden ofrecer los libros, pero no digo que diversión equivalga a idiotez. No propongo que todos los libros pretendan hacernos reír; sugiero que no deberían hacernos bostezar.

Un libro resulta divertido cuando su estética, su prosa y sus estructuras nos desbordan y desafían, y no cuando simplemente incurre en la disciplina y la corrección formal. Con “desafíante” no me refiero por cierto a vanas supercherías tipográficas y estructurales, a esos torpes juegos de palabras que Nabokov consideraba el escalón más bajo del ingenio, ni proclamo tampoco la muerte del rigor literario. Ya hay demasiados escritores que apuestan por el azar, la gratuidad y por un envejecido exhibicionismo folcklorista o rocanrolero, y ninguno de ellos es divertido. Lo que afirmo es que la literatura que quiero leer tampoco vendrá desde la solemnidad, el civismo y el epigonismo. Las letras no deben ejercerse en busca de respetabilidad o se volverán tan tediosas como el resto de las actividades respetables del planeta, y los escritores seremos saludados cualquier día en las calles como si fuéramos, ay, empresarios. Muy al contrario de ello, me propongo imitar las costumbres funerarias de Moliere: soy un cómico harapiento y no aspiro a encontrar sepultura en tierra consagrada. <>

Un buen libro divertido debe ser riguroso, verbal y estructuralmente, pero no debe convertir ese rigor en rigidez. Debe ganarse la identificación de los lectores al tiempo que los seduce y los confronta. Según el Abate de Voisenon, un curioso libertino francés del siglo XVIII, los libros podrían convertir a señoritas ignorantes y melindrosas en señoras ilustradas y lascivas. También les estaría dado, según Chesterton, devolverles un apetecible candor juvenil a ciertas soporíferas y predecibles señoras de mundo.
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Narrativa es estilo y estilo es solvencia. Además es, inevitablemente, claridad. Un narrador que escriba alrevesadamente sólo para negar la existencia de los lectores, que de hecho escriba en el entendido de espantárselos como si fueran a contagiarle la gonorrea, quizá debería orientar su talento hacia artes más unipersonales y difíciles de transferir al público en toda su profundidad, como la papiroflexia o el cultivo de bonsai.
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Rescatemos, pues, dos ruegos de preceptiva de estas líneas alarmadas: uno, que un libro corra riesgos de estilo y que con ese estilo construya un discurso, en la medida de lo posible, insólito y coherente, que ese estilo no equivalga, por ineptitud, a simple pirotecnia; y dos, que al mismo tiempo no confunda el rigor con el mero fárrago de anhelos vanguardistas, ya que como recuerda Pascal en el pensamiento 640, “a los no iniciados, el lenguaje oscuro les parece confuso, pedante e insensato”. Y porque, como dice el crítico Rafael Lemus: “
La densidad, en literatura, supone un fracaso del estilo”.

Según Frank Black (quien no es un avezado crítico oxoniense, sino un punk bostoniano), una obra sirve cuando “uno la tiene escondida debajo de su cama, como si fuera una revista pornográfica, y pasa el día ansioso por estar solo y sacarla de allí”.


Salvo por casos aislados de autismo, melancolía y vanguardismo, nadie atesorará de ese compulsivo y resollante modo un libro que no le resulte divertido, no un libro que le dé la razón, que le dé la suave, sino uno que —en las adecuadas dosis— lo intrigue, ofenda, y desespere, como nos intrigan, ofenden y desesperan las personas que amamos.

martes

Somerset dijo

Hay personas, decía Somerset Maugham, a quienes uno "se pone" con toda la comodidad de unos buenos zapatos y, por contra, personas que "se llevan" con el mismo escozor de una enfermedad venérea, a quienes "quitarse" da tanta alegría como sacarse una muela con caries.
Gerald Durrell cuenta que cuando le sacaron una muela cariada a los siete años, la vio alejarse en la pinza del dentista e imaginó que la muela se retorcía en su impaciente maldad, que gruñía su furia inútil mientras se alejaba hacia el vertedero.
Y sintió entonces una alegría muy similar a esta.